Política

El "Oso" que todos llevamos dentro

Un tipo de Cancún, apodado El Oso de Cumbres o El Osopes, se cambió de uno a otro foro porque, según dijo, en el nuevo “eran más cabrones”. Increíblemente, la venganza de sus ex compañeros lo hizo tragarse la celada más vieja del internet —o quizá la segunda más vieja, después de la del ancianito agónico que necesita tu cuenta de banco para transferir millones de dólares antes de morir, cof—, una que lo llevó a abandonar a su familia y a trasladarse más de mil 500 kilómetros para acabar como el hazmerreír del México contemporáneo.

Antes de las llamadas “redes sociales”, que cualquiera puede usar para subir desde cadenitas de oración hasta los planos de alguna bomba de fabricación casera, los inscritos en foros se agrupaban alrededor de temas, áreas o creencias específicas con mucha más enjundia que la del surfer promedio que solo quiere entretenerse un rato. Eso sigue siendo verdad, así como que la pertenencia a uno u otro espacio es como ser miembro de una u otra barra futbolística: aventurarse en la parte equivocada del estadio puede resultar en la pérdida de piezas dentales.

El Oso, gordinflón desempleado, padre y marido desobligado, delincuente de ocasión, analfabeta semifuncional —“¿En qué ciudad de Toluca estás?”—, quebrado y con el pilín chiquito —según su propia, candorosa confesión—, se prendó de una tal Eli Bong, quien se le presentó como veinteañera, cosplayer y asistente ejecutiva de rumboso banquero toluqueño, ofreciéndole mantenerlo a cambio de “que me cuiden tantito”. El Oso mordió el anzuelo como si estuviera cebado con chorizo verde y, luego de un largo periplo de coqueteos aburridos hasta las lágrimas —le prometía a Eli que, si lo visitaba en Cancún, la llevaría a pasear a Aurrerá— vendió un par de objetos de casa de su esposa, empeñó su computadora y se lanzó al Edomex en “autobús guajolotero” para iniciar una nueva vida.

El incauto fue fotografiado repetidamente esperando a su Candy Candy, luego de dos días con sus noches en carretera, arrastrando su maletita por distintas áreas de un centro comercial de Toluca donde, luego de varias horas de darle largas —el tráfico, los pendientes, etcétera—, su verdugo le pidió una última cosa: que se metiera al viejo foro donde, sin él saberlo, se guardó registro fiel, mensaje por mensaje y carcajada tras carcajada, de toda la celada.

Dijo Umberto Eco que “el drama de internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”, y el sonido y la furia desde los internautas, quizá sintiéndose aludidos, le dieron algo de razón. En esta ocasión la red se encargó, después de entronizarlas, de comerse a sus criaturas.

Twitter: @robertayque

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Roberta Garza
  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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