Política

Toparse con la Iglesia

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Siempre he pensado que el Vaticano es una organización perversa. Perversa, pero formidable: sobre las ruinas del imperio romano, y con el acicate de la condenación eterna, construyó una red económica y política transfronteriza que frecuentemente superaba y a veces hasta usufructuaba el poder de los monarcas terrenales, y que luego de varias metamorfosis sobrevive hasta nuestros días sin grandes cambios esenciales. Es la única religión que despacha desde un Estado soberano reconocido por el mundo entero. Tan es así que sus crímenes históricos y recurrentes, como la turbiedad financiera y la complicidad institucional alrededor de las perversiones sexuales de sus miembros, pasan desapercibidos para los cerca de mil cuatrocientos millones de católicos que nombran como su líder espiritual y moral al papa.

En Estados Unidos más de 50 millones de almas —20 por ciento de la población— se declaran católicas. Un 36 por ciento de ese total es de origen hispano. A pesar de los constantes acercamientos de Trump al nacionalismo evangélico, racista y xenófobo del llamado cinturón bíblico del país, muchos de ellos lo apoyaron cuando el tres veces casado, adúltero con una estrella porno y convicto por agresión sexual y estafa se asumió como el adalid de un cristianismo supuestamente bajo amenaza de lo que él vendía como el liberalismo descreído, feminista e izquierdista de sus malignos opositores. 

Jamás pensé que algún día me vería defendiendo al papa o al Vaticano, pero los insultos que Trump le lanzó en días pasados al primer pontífice estadunidense, por pedir este una y otra vez no invocar a Dios en los llamados a la guerra, y el respeto al Estado de Derecho y a la dignidad humana —en específico la de los migrantes—, son infantiles, delirantes e indignos. Ayer lunes el presidente coronó su pastel de boñiga subiendo a sus redes una imagen donde él aparece como Jesús, con manto y túnica, rodeado de ángeles, de fieles embelesados y de símbolos bélicos, imponiéndole unas manos luminosas a un enfermo. Y allí fue donde la puerca torció el devoto rabo. El presidente fue de inmediato fustigado por líderes católicos, pero también por los protestantes —recordemos que los falsos ídolos están entre sus pecados fundacionales—, por políticos de ambos partidos y hasta por jefes de Estado. La imagen fue bajada en tres patadas, y Trump urdió la crasa mentira de que él con Jesús nada, que sólo quiso retratarse como un médico que cura a su país enfermo y que lo demás era invento de los medios.

Apuéstenle a Goliath bajo su riesgo, que mientras la presidencia naranja hace agua por todos lados, León XIV, el cenit de una institución global que ha visto nacer y morir reyes, ejércitos e imperios, que reserva el mejor paraíso y las primeras planas de su catecismo para su río de mártires y que acumula mil quinientos años de grilla bajo su casulla, sonríe suavemente, bendice a sus enemigos, pide la paz y dice no tenerle miedo a Trump, porque predicar el Evangelio es para lo que él fue llamado a estar aquí.


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Roberta Garza
  • Roberta Garza
  • Es psicóloga, fue maestra de Literatura en el Instituto Tecnológico de Monterrey y editora en jefe del grupo Milenio (Milenio Monterrey y Milenio Semanal). Fundó la revista Replicante y ha colaborado con diversos artículos periodísticos en la revista Nexos y Milenio Diario con su columna Artículo mortis
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