Cultura

El amor después del amor

Con el pesar de haber perdido a Alejandro Ostoa

Además de ser el título del séptimo disco (1992) y uno de los más exitosos de Fito Páez (1963), esta entrega se refiere a un tema central de la literatura moderna. Durante siglos, el amor fue el gran tema porque representaba lo eterno, lo inmutable, lo que escapaba al paso del tiempo; la literatura contemporánea, sin embargo, ha terminado por concederle una vuelta de tuerca definitiva al tema: hoy escribimos sobre el amor precisamente porque es todo lo contrario: frágil, histórico, contaminado por la política y la economía, y porque revela las contradicciones más profundas de nuestra época.

Tengo para mí que uno de los precursores de esta visión moderna del amor es, a no dudarlo, Milan Kundera (1929-2023) —deudor agradecido de Franz Kafka—, quien introdujo en la novela una forma de interrogar al sentimiento amoroso que rompió definitivamente con la tradición romántica y psicológica del siglo XIX, acorde a una de las premisas que fijó claramente en su colección de ensayos “El arte de la novela” (Vuelta, 1988): la novela no debe contar la vida, sino interrogar la existencia. Y el amor, en su obra, es el territorio privilegiado para esa interrogación, ya que su gran aportación fue tratar la historia de amor no como un fin en sí mismo, sino como un laboratorio que pone a prueba las grandes cuestiones filosóficas de nuestro tiempo.

En su obra maestra “La insoportable levedad del ser” (1984), las relaciones entre los protagonistas Tomás, Teresa, Sabina y Franz no son simplemente una historia de celos e infidelidades, son el escenario en el que se representa la tensión entre dos conceptos opuestos: el “peso” (el compromiso, la responsabilidad, el amor que ata) y la “levedad” (la libertad absoluta, la ligereza de quien no quiere cargar con nada); en esa novela central de la narrativa occidental, el amor deja de ser un refugio y se convierte en una encrucijada existencial: ¿elegimos la estabilidad que nos aplasta o la libertad que nos vacía?

Desde luego, ese estado de lucidez del amor moderno había sido bautizado por Kundera como “amor ridículo”; en su primer libro de relatos que lleva justamente ese título (1968), el amor no aparece como una pasión sublime, sino como un gesto torpe, casi cómico, que los personajes interpretan sin saber muy bien el papel que les ha tocado; el amor es aquí una “ficción colaborativa”, como la llamó Charlotte V. Royle en su impecable lectura de la literatura en la época del thatcherismo: sus personajes no solo sienten, sino que actúan el amor, a menudo de manera patética, atrapados en las ideas que la sociedad, la política o la literatura les han impuesto.

Ahí inició un patrón revelador, según Royle: el amor ya no es un refugio contra el mundo, sino el lugar donde el mundo se cuela con más violencia. Otros autores han seguido esa senda, como Kenzaburō Ōe (1935-2023), Haruki Murakami (1949), Ian McEwan (1948), Kazuo Ishiguro (1954), Hanif Kureishi (1954) o Zadie Smith (1975), por ejemplo, quienes han construido su trayectoria narrativa explorando cómo un solo instante de desajuste amoroso puede torcer el rumbo de una vida, pero también cómo las relaciones sentimentales funcionan como una lupa que amplifica las tensiones de clase o las herencias políticas; en sus novelas, una discusión de pareja rara vez es solo una diferencia: suele llevar incorporada la sombra de una época, de una guerra, de una determinada manera de entender el éxito o el fracaso.

El amor contado en la literatura ya no es, pues, simple nostalgia, es síntoma, un intento de retratar la práctica amorosa como un campo de batalla donde se libran las guerras de la identidad moderna. ¿Cómo se ama cuando uno no termina de saber quién es? ¿Cómo se construye un “nosotros” en un mundo que ha hecho del “yo” su único imperativo moral? Ironía: los grandes obstáculos románticos decimonónicos hoy se reducen a sostener la mirada del otro cuando estamos permanentemente distraídos por nuestras propias incertidumbres.

Aquí reside el éxito de lectura de los nuevos best sellers: necesitamos reescribir nuestra propia cartografía sentimental, desde una conciencia lúcida de que el amor ya no promete la felicidad eterna, sino la posibilidad de entendernos a nosotros mismos a través del espejo, siempre revelador, aunque incómodo a veces, de los demás.


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Porfirio Hernández
  • Porfirio Hernández
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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