Cultura

En busca de mi padre

Todo comenzó con una corazonada: la escritora mexicana Alma Delia Murillo (1979) sintió que su padre iba a morir, así que, una fría mañana de diciembre de 2016 decidió emprender un viaje hacia La Mira, Michoacán, para buscarlo, aunque apenas lo recordaba y solo conservaba de él una fotografía mutilada, donde alguien le había arrancado la cabeza.

De esa travesía íntima y colectiva nació “La cabeza de mi padre” (originalmente publicado en 2022 y reeditado en 2026, con epílogo inédito), una novela que es mucho más que la crónica de una búsqueda: es el relato de una hija que intenta completar el rompecabezas de su origen en un país donde al menos 26 millones de hijos crecen con una pieza fundamental faltante.

La voz de Murillo es tan franca como reflexiva; escribe con una claridad que no elude lo doloroso, pero también con una sensibilidad que respeta los matices; en sus páginas conviven el dato duro y el registro íntimo de sus propias batallas contra la ansiedad y la herencia del abandono; su estilo se mueve con naturalidad entre el ensayo, la memoria y la crónica de viaje, tejiendo referencias que van desde la literatura clásica hasta las letras de Juan Gabriel, sin que nada suene forzado; es esa autenticidad la que hace que su historia, siendo tan personal, resuene con ecos colectivos.

Su mirada es la de un feminismo arraigado en lo cotidiano, que presta atención al peso específico que cargan las mujeres de su entorno. En esta novela, esa mirada se amplía y se profundiza: la figura de la madre —sola, resiliente, hecha de fortaleza y fatiga— ocupa un lugar central; Murillo nos recuerda que las historias fundamentales de México también se escriben desde la cocina, desde la lucha diaria y desde la resistencia callada.

Literariamente, “La cabeza de mi padre” se inserta con firmeza en dos grandes corrientes. Por un lado, dialoga con esa tradición latinoamericana de la búsqueda del padre, un gesto que en nuestro contexto nunca es solo personal, sino también político: buscar al padre es indagar en las fracturas de la familia y, por extensión, del país. Por otro lado, la novela trabaja con un realismo impregnado de símbolos cotidianos. Aquí lo real maravilloso no es un escape, sino un lenguaje para entender lo que la razón no alcanza: los sueños premonitorios, las mariposas blancas que anuncian visita, la intuición que guía un viaje hacia la profundidad del ser. La escritura se convierte en un acto de reparación: una manera de bajar al inframundo de la memoria y regresar con algo que sirva para sanar.

Al final, lo que queda no es solo la historia de un reencuentro. Es la evidencia poderosa de que la literatura puede ser un espacio para restaurar lo que la vida fragmentó.

Alma Delia Murillo no solo le devuelve simbólicamente la cabeza a su padre en aquella foto: nos ofrece un método conmovedor para observar nuestras propias ausencias. En un mundo lleno de relatos a medias, la novela de Murillo es una invitación valiente a sentarse a la mesa, revisar los pedazos y, con paciencia y palabras, intentar armarlos de nuevo. Seguiremos informando de ello.


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Porfirio Hernández
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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