No se trata sólo de lo que se gane mañana, sino de lo que perderemos después. Si sí le ganamos a Inglaterra es muy probable que la eufórica turba arranque de cuajo el Ángel de la Independencia, la Diana Cazadora, el Neptuno de la Macroplaza o se arroje en masa al Cañón del Sumidero. Si el triunfo ante Ecuador reunió a 1.4 millones de personas en la CdMx, a medio millón en Monterrey y a 80 mil en las calles de Guadalajara, si derrotamos a los ingleses estas cifras se triplicarán, al igual que la de las víctimas mortales.
Sin duda ya tocaba celebrar. Hacía mucho tiempo este país no nos daba una buena razón para vitorear al unísono. Estábamos ávidos de festejar, salir a las calles sin miedo, reír, saltar y abrazar a amigos y desconocidos motivados por la misma contentura. Cobramos cara la factura del tiempo postergado. Urgía abrir la válvula de escape para liberar la frustración de vivir en un país violento, corrupto, desigual, clasista, cooptado por una runfla de políticos de pacotilla, apático. Era tiempo de festejo, de eso no hay duda. Ahora la pregunta es hasta qué nivel debemos dejarnos hipnotizar por el regocijo o, “si sí no”, por la rabia de la derrota.
Al fenómeno masivo de la contentura, Émile Durkheim le llamó efervescencia colectiva. A través del estudio de ciertos rituales religiosos, este afamado sociólogo concluyó que la euforia grupal provoca en los individuos la sensación de que son parte de algo que “es superior a sí mismos”. La voluntad y corrección individual se arrodilla frente a la emoción colectiva. La efervescencia de la muchedumbre sofoca el mandato del yo debo, del no puedo.
Esta forma de reacción está lejos de ser un instinto animal. La historia nos enseña que la cohesión humana, en buena medida, se da en la muchedumbre que disfruta de espectáculos masivos, peregrinaciones multitudinarias, verbenas populares, convocatorias ciudadanas e, incluso, políticas. Los cardúmenes marinos y las parvadas de aves migrantes se mueven por instinto, la muchedumbre que se reúne para festejar no.
Por ello aún estamos a tiempo de que la efervescencia colectiva no derive en una tragedia mayúscula. Dado que las autoridades están absolutamente rebasadas para contener la euforia, está en nuestras manos portarnos a la altura. Sumarse a la riada de gente que inundará calles y plazas este domingo no es una buena idea, especialmente si queremos recordar este tiempo de celebración con la misma contentura que sentimos en este momento.