Antes de Japón había muchos sitios que deseaba conocer. Japón me sonaba a microchip, industria, contaminación, caricaturas y un costumbrismo aplastado por la hipertecnologización de la vida cotidiana. Después de una semana de estar en dicho país, me apena mi cacao mental.
No me impresionaron sus edificios, infraestructura vial o la omnipresencia de la tecnología, lo que me dejó boquiabierto fue su cultura. El orden, respeto, consideración, amabilidad, prudencia y educación con la que la gente se conduce son un ejemplo redondo del valor de la formación cívica.
A lo largo de mi estancia, que no fue de turismo, jamás escuché un pitido de coche, grito, tampoco me tropecé con papeles, basura, cacas de perro, olores indeseables. El golpe de realidad llegó cuando en el aeropuerto nos pidieron que hiciéramos fila en el grupo que nos correspondía. Ahí me reencontré con mi cultura, con la mexicanidad. Qué decir cuando llegamos a Ciudad de México. En el AICM sentí lo mismo que experimentó la selección japonesa cuando Samuel García le mostró al entrenador el lugar donde se prepararían.
Los nipones, simplemente, experimentaron lo que desde hace décadas es el pan nuestro de cada día: marchas, plantones, desorden, hartazgo, mejoras al vapor, improvisación, ramplonería, inseguridad y un sentimiento constante de indefensión. Por eso aún no podemos sacudirnos una parte de esa forma de mexicanidad que Octavio Paz dibujó en El laberinto de la soledad.
Habrá quien sostenga que es la representación de una caricatura mal hecha, que el mexicano no es eso, sin embargo, nuestra desconfianza, capacidad para burlarnos de todo y de todos, el estoicismo con el que afrontamos nuestro destino y explosividad, nos permiten encarar lo que los japoneses no pueden. No somos mejores, simplemente tenemos la piel más dura. Vivimos como “el pelado” que describe Paz, en el límite. A falta de dinero, poder o prestigio, usamos el lenguaje para defendernos, para ocultar las heridas. El pelado, que representa a muchos de nosotros, aprendió a abrirse paso en la vida a punta de codazos. No es malandrinada, es mecanismo de defensa, estrategia de sobrevivencia. El pelado disfruta, vive, no se amilana ante un mundo, como dice Paz, que “lo quiere chingar”.
Por eso, mientras dure, en el Mundial haga lo que haga la CNTE, la Presidenta, la runfla que le acompaña, quejosos de la CFE y quien sea, no impedirán que celebremos la fiesta futbolera. Pase lo que pase, nada lo impedirá.