Política

A ellas, ¡felicidades!

Como estudiante y docente, he pasado la mayor parte de mi vida en las aulas. Soy lo que soy gracias al quehacer de quienes han sido mis profesoras y profesores, y a lo mucho que he aprendido de mis estudiantes.

Guardo recuerdos de mis maestras de preescolar, primaria, dos de profesional y cinco de posgrado. Más allá de las letras, números, fórmulas, fechas, datos biográficos, conceptos y teorías, con su particularísimo modo, ellas me invitaron a cincelar en mi cabeza y corazón la necesidad de amar, respetar y velar por la dignidad de cualquier ser vivo, por insignificante que resultara ante los ojos de la mayoría.

Ese saber me llevó a otro: “¡Aunque te cueste!”, como me decía la Lula, para poder convivir en armonía debes respetar a quienes te rodean. Aceptar no es tolerar, porque tolerar es soportar con los dientes apretados a quienes no piensan, creen o se parecen a uno. Aceptar es abrazar la diferencia.

Ese valor, además de evitarme muchos malos ratos, me permitió vivir la vida de manera más simple y alegre; si me apuran, a aprender a vivirla tal como es, como viene, sin más. Quizá esta sea una de las enseñanzas que más atesoro, porque muy entendí el lugar que debe tener la riqueza material y la importancia de la impermanencia. Hoy estamos, mañana no. Así en todo. Nada es eterno. Todo pasa, decía mi tía Martha, quien también fue profesora.

Esto último me lo ha gritado de muchas maneras el cuerpo. En mi interior sigue intacta la agilidad, resistencia y esbeltez de un cuerpo que tuve hace 40 años, y hoy no es lo que fue ni será en los próximos años. “¡Quiérete así, como eres”, me dijo un día la maestra Marisa.

Esta enseñanza vino a la par de otra que ha sido clave: la vida baila el son que compone y ejecuta la diosa fortuna. Así entendí que es un sinsentido buscar e intentar controlar lo que no depende de mí. Desde que lo aprendía, el “mañana será otro día” de la profesora Socorrito y el “suelta, no te aferres” de mi maestra Inés, me han permitido fluir y desprenderme de sesgos y poses que arrastraba como lastre y me hacía la vida pesada.

Por ello y más, a mis maestras de aula y a quienes en alguna u otra medida han sido mis maestras de vida –mi madre, mi tía Martha, abuela, amigas y las mujeres de mi casa–, ¡felicidades en su día!


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Pablo Ayala Enríquez
  • Pablo Ayala Enríquez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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