Con el estreno en Hulu (Disney) de Los testamentos, la secuela de El cuento de la criada, ambas de Margaret Atwood, ha ocurrido un fenómeno más que interesante: cientos de miles de personas están regresando o descubriendo por primera vez la serie. En Netflix.
Si a esta compleja negociación de qué serie es, de quién y quién se beneficia de las nuevas entregas le agrego que la serie originalmente era de MGM en 2017 y que después Amazon compró esos estudios, ¿cómo no vamos a volvernos locos cuando queremos darle seguimiento a algo?
Pero hay algo cierto: Netflix opera un poco como lo que antes pasaba con la televisión abierta. Cuando algo llega a esa plataforma —un gran ejemplo fue Suits— la gente se entera. Le da seguimiento y vuelve a poner producciones que ya tienen casi una década de haber iniciado en los primeros lugares de popularidad, cuando uno menos lo esperaba.
Aquí una pausa para decir que esto es una licencia de derechos que sólo aplica en algunos territorios, México siendo uno de ellos. Pero en Estados Unidos está en Hulu; en Canadá aparece entre Crave y Prime; y en México, ahora, también en Netflix. ¿Se dan cuenta del caos? ¿Y del poder de Netflix? ¿Y de lo que el mismo Disney provocó al regresar a la historia con Agnes (Hannah), la hija de June Osborne, interpretada por Elisabeth Moss en la serie original?
Una vez dicho esto, debo celebrar que tantas personas nuevas estén descubriendo esta aterradora obra maestra de la ¿ficción? Atwood dice que una de las reglas que se autoimpuso en sus novelas distópicas es que nunca pondría algo que no haya ocurrido alguna vez en la humanidad. Quienes siguieron con la serie lo sostienen. Yo coincido y la verdad tengo miedo. Mientras tanto, no se la pierdan ahora que está aún toda en una sola plataforma. Duele la serie, pero importa.