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Domingo , 21.04.2019 / 21:45 Hoy

Fuera de Registro

Identificación histérica

Nicolás Alvarado

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El Presidente exige a España una disculpa en representación de los Estados Unidos Mexicanos. Que, cosa curiosa, han librado guerras con Francia, Estados Unidos y Alemania, tenido escaramuzas con Guatemala, pero nunca han estado en guerra con España. Cierto: el territorio que hoy ocupa México fue objeto de una invasión española en 1519. Ésta, sin embargo, no tuvo por objeto el control de los Estados Unidos Mexicanos —que no existían entonces— ni por víctima a un solo mexicano —pues en la época no había tales— sino el dominio español de otro Estado —el Imperio Mexica— y el sometimiento de sus nacionales, los aztecas.

La mayoría de quienes habitamos hoy el territorio gobernado por López Obrador no somos aztecas, como tampoco somos españoles. Somos mexicanos, cultura híbrida nacida de ese mestizaje violento, enriquecida por contactos más o menos felices con mixtecos y mayas, con franceses y austriacos y estadunidenses, quienes también aportaron ingredientes al sustrato azteca y español de la identidad mexicana. No somos, pues, en ese conflicto agraviantes ni agraviados sino herederos: saldo cultural de un conflicto que nos atañe (está en nuestro origen) pero del que no formamos parte. Somos, lo dijo Octavio Paz, los hijos de la Malinche, de la madre violada. Pero no somos la Malinche misma.

Paz identifica en la Reforma liberal —es decir en el juarismo tan caro a López Obrador: otra curiosidad— el momento de ruptura con esa tradición y el advenimiento de la nación mexicana, orondamente autónoma pero también obtusamente ahistórica en su identidad. Bien haríamos, pues, en remontarnos al pasado. Pero solo desde nuestra identidad presente y el deseo de problematizarla y comprenderla.

No es lo que nos propone un presidente más interesado en las retribuciones propagandísticas de promover nuestra identificación con las víctimas —con los vencidos, con los chingados— para así mejor capitalizar una narrativa binaria y un discurso redentorista. (Beneficio secundario: el asunto también permite distraer al público de la reforma educativa, tema algo más urgente, y mucho menos bien resuelto, que nuestra relación con España).

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