Yo te vi a ti, cargando tu embarazo de ocho meses, con turnos dobles y otros dos niños que atender.
Lo vi a él jugando a los negocios, viendo TV, y vi la cocina sin limpiar y los niños sin bañar, también.
Te vi a ti, casi gris, delgada, muy delgada, tratando de esconder lo que pasaba.
Le vi a él, justificándose mientras fingía que ayudaba y tú, molesta, empezabas a usar tu descanso del doble turno para preparar de desayunar a tus niños.
Era mediodía.
Te vi, y me vi en ti, vi a mi madre, y a Luisa, y a Ale, y a Melissa y a Jenn, y a todas nos vi.
Cuando creemos tanto en la bondad de un hombre que amamos y aguantamos, esperando que saque al frente sus capacidades y nos quite cargas en vez de vida.
Pero nunca pasa, el cumplimiento nunca llega, la deuda nunca se salda.
Te vi a ti, una vez y otra, pagándole la escuela, poniéndole un negocio, consolándolo cada año que pasaba y no concretaba nada para que su familia tuviera bienestar.
Pero también lo vi a él vaciando el refri sin llenarlo, cuidando niños sin cuidarlos, prometiendo sin querer realmente, nunca, cumplir.
Nos vi en el mito del siempre juntos, del crecer apoyando al otro, del poner el cuerpo que yo pongo las manos (y cuando pueda pongo también el cuerpo).
Y así se nos fue la vida, el cuerpo, el alma en desvelos, desnutrición y no estar nunca para nosotras.
Spoiler: él nunca puso el cuerpo… ni las manos, hoy entiendo.
Terminamos como muertas vivas, cargando a los bien amados hijos y al malagradecido padre, hasta que, en algún momento, en alguna pelea, en alguna carencia, en algún suspiro, en algún cansancio decimos BASTA y el monstruo viene a primer plano.
El vampiro parasitario ahora sí nos quiere quitar todo. Niños, casa, auto, trabajo y la poca salud física y emocional que logramos rescatar.
Yo te vi a ti avanzar a medias, viva apenas, construir una empresa, y poner sonrisas en la cara de esos niños, comida en la mesa y sanarte las heridas.
Te vi levantarte, herida. Te vi deslumbrante.
Y lo vi a él, escondido, sediento, sin nadie a quien parasitar, hambriento.
Te vi en peligro y mejor te abracé muy cerca. Porque así me vi yo, y vi a mi madre, mi amiga, mi vecina.
Cerramos filas, no dejamos que el depredador pase, porque te veo a ti, te escucho a ti, y todo aquello que contenías para no lastimar al monstruo, se derrama entre nuestros pies.
Lo alcanza, lo quema, y nosotras solo miramos mientras las verdades lo asfixian, la rabia lo arde y la Sagrada Defensa lo pone, finalmente, en la cueva de donde nunca debió reptar a invadir tu hogar, tu magia y tu luz.
Aquí estamos, Carmen, mientras derramas todo el rio que tenías derecho de desbordar.
Sé río, nosotras somos represas que abrazan y la furia poderosa y digna para ti y para tus pequeños.