A través de la historia, las brujas han sido sinónimo de maldad. Viejas leyendas, feminicidios de rutina.
Con el tiempo, el término se ha romantizado. Es una leyenda resucitada. Muchas elegimos ser brujas. Otras no tuvimos mas remedio. Todas aspiramos a ser libres.
Ideal maldito, ¿verdad?
Sobre todo si vives en el país de los feminicidios. O si, como leí esta semana en un maravilloso texto “cargamos nuestro cadáver insepulto” desde el momento en que nacemos niñas.
Las brujas actuales somos las que decidimos no morir. No llevamos el cadáver a cuestas porque día tras día nos mantenernos vivas, con fuerza, con espíritu y con sangre.
No se asusten, no hablo de sangre de un varón virgen; hablo de NUESTRA sangre. Arrebatada sin derecho de nuestros cuerpos por la fuerza, siempre. Arrojada al rincón de la vergüenza, otras tantas veces.
Las brujas hemos aprendido a través de la sangre que nuestros cuerpos son un templo. Que es ofrenda que engrandece a la Madre.
La sangre limpia, la sangre sin rabia. También hemos aprendido que a través de la sangre, el hombre profana nuestros templos. La sangre sucia, la sangre esclava.
A través de la sangre nos hemos forjado en los infiernos de cientos de miles de hombres que han pasado a la historia como héroes. Pero que no lo eran. No. Los héroes no existen.
Al menos no en mi mundo donde no “se debe generalizar” pero es agotador no hacerlo. Donde las hermanas brujas jamás saben si volverán a casa a salvo.
Las brujas somos las Diosas. Las que resisten. Y en un mundo de Diosas no se necesita a los héroes.
Nosotras somos. Simple. Somos. Y al ser somos revolución pura. Las brujas muchas veces ni siquiera saben que lo son, pero son capaces de alimentar cuatro hijos con el salario mínimo.
Aprenden a habitar su cuerpo, contrario a todo lo que les dicen que debe ser.
Son las mismas que salen a trabajar invocando a todos los dioses y elementos para que sus hijos queden en buenas y seguras manos, esperando, rezando, confiando.
Las que recordamos a nuestras madres con compasión. Las que amamos. Somos las que sangran sin causar dolor o muerte, mes tras mes, parto tras parto. Sobrevivimos.
Nuestra magia reside en la sangre.