Los intelectuales siempre han jugado un papel fundamental en el desarrollo de las sociedades. Basta leer los Cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci, para comprender la importancia transformadora de los “intelectuales orgánicos”. Ahora Nicholas Taleb, autor de El Cisne Negro, miembro del Instituto de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Nueva York, ha creado un término para definir a los grandes gurús académicos y financieros que elaboran predicciones, análisis y teorías cada vez más alejadas de la realidad: el IYI (Intellectual Yet Idiot, Intelectual pero Idiota). No se trata de un insulto gratuito, sino de una crítica estructural a una clase de expertos que, a pesar de poseer títulos de universidades prestigiosas, carecen de contacto con la realidad práctica.
El IYI es el producto de un sistema que premia la teoría sobre la experiencia y el consenso sobre la verdad. La primera característica que los define es la ausencia de Skin in the Game: “jugarse la piel”. No sufre las consecuencias de sus propios errores. Si un IYI diseña una política económica que fracasa, él conserva su plaza académica mientras la población empobrece.
El IYI, y esta es la segunda característica según el análisis de Taleb, se centra en la intención de una medida sin evaluar sus efectos secundarios. Cree que los problemas complejos se resuelven con modelos lineales de pizarrón.
La tercera característica es lo que podríamos llamar la “validación circular”: su prestigio no proviene de resultados en el mundo real, sino de la aprobación de otros IYI. Se citan entre sí, se premian entre sí y se validan en redes sociales como X (Twitter) mediante el uso de palabras de moda y señalización de virtud (virtue signaling). Se halagan entre sí y crean círculos de “expertos” que coinciden en las ideas de fondo y en esquemas de desarrollo de las mismas. La función de estos círculos de expertos es alimentar esos modelos, sustentarlos argumentalmente y así fortalecer su visión.
El error fundamental del IYI es confundir el mapa con el territorio. Para esta clase social, si los datos no coinciden con su modelo, es la realidad la que está equivocada. Históricamente, han fallado en predecir eventos sistémicos —desde la crisis de 2008 hasta cambios geopolíticos profundos— porque desprecian la heurística tradicional, y la sabiduría acumulada por el tiempo (el efecto Lindy). “El IYI patologiza las costumbres de los demás que no comprende, sin darse cuenta de que su propia racionalidad es puramente cosmética”. Mientras que el IYI se apoya en el racionalismo ingenuo, el mundo real funciona mediante el ensayo y error. La diferencia clave radica en la humildad ante la complejidad.
Si el IYI toma como fuente de verdad los títulos y los consensos académicos, la verdadera sabiduría aprecia más la realidad empírica y la supervivencia. El IYI se siente protegido en el lenguaje y la jerga técnica para excluir al profano mientras que la verdadera sabiduría prefiere la claridad y las analogías directas. El IYI se caracteriza también por su actitud paternalista: sabe qué es mejor para todos y siempre con la seguridad de que su riesgo es nulo, decida lo que decida.
El ascenso de los IYI no es inofensivo. Al ocupar puestos de toma de decisiones en gobiernos y organismos internacionales, imponen una visión del mundo que ignora la realidad de la sociedad. Critican al carnicero, al conductor de camiones o al pequeño empresario por no seguir “la ciencia” del momento, sin entender que esas personas poseen un conocimiento local y práctico que ningún doctorado puede replicar. El IYI se hace elitista.
En conclusión, el IYI es el síntoma de una sociedad que ha burocratizado la inteligencia. Para navegar el siglo XXI, es crucial distinguir entre la educación formal y la capacidad de juicio. La verdadera sabiduría no se encuentra en el cumplimiento de un currículum, sino en la habilidad de interactuar con el mundo sin causar desastres sistémicos por pura arrogancia intelectual.