A dos años del triunfo de la primera presidenta de México, Claudia Sheinbaum, las diferencias con su antecesor son evidentes en varios frentes; una de las más notorias se encuentra en la conducción de políticas públicas coyunturales, particularmente en la estrategia de combate al crimen organizado.
Pocas veces en la historia reciente del país se había observado un esfuerzo tan marcado por coordinar acciones entre la federación, los estados y los municipios. Esa estrategia permitió registrar una disminución relevante en los homicidios dolosos, algo que no se había conseguido desde el inicio de la llamada guerra contra el narcotráfico.
Es cierto que la percepción de inseguridad persiste pero también lo es que la sensibilidad social frente a los hechos violentos continúa a flor de piel después de años en los que la violencia terminó por normalizarse en la vida cotidiana. Los avances comienzan a ser visibles. Otra diferencia importante se observa en el ámbito internacional en ese sentido México ha recompuesto relaciones con países con los que históricamente mantuvo vínculos cercanos, como España, y ha sorteado con relativa habilidad los desafíos derivados de la relación con Estados Unidos, vecino, principal socio comercial y una de las mayores potencias del mundo.
Sin embargo, las tormentas que amenazan a la actual administración provienen, en buena medida, de decisiones tomadas en el pasado. Hasta ahora, los principales escándalos relacionados con corrupción, excesos y presuntos vínculos entre personajes de Morena y actividades del crimen organizado involucran a figuras que no forman parte del círculo político construido por la presidenta. Ninguno de los personajes exhibidos en redes sociales por estilos de vida incompatibles con la austeridad republicana; ninguno de los señalados por casos como el huachicol fiscal; ninguno de los relacionados con organizaciones como La Barredora o mencionados por autoridades estadounidenses por presuntos vínculos con Los Chapitos es identificado como cercano a la presidenta. Cerca de la mitad del sexenio, la presidenta necesita desprenderse de esos lastres. El partido no debería convertirse en un refugio de impunidad, por el contrario, tendría la oportunidad de hacer algo que ninguna fuerza política ha logrado.