La Organización de los Estados Americanos (OEA) dictaminó que “la elección judicial en México no cubre los estándares internacionales que garanticen la independencia, eficiencia, imparcialidad y transparencia del Poder Judicial, y que todos los protocolos internacionales fueron violados”.
Como fue una resolución preliminar, es de esperarse que la sentencia definitiva sea más dura y contundente; pero el gobierno de México, como acostumbra, se envolvió en la Bandera Nacional y acusó a la OEA de violar nuestra soberanía y bla, bla, bla.
Los cuatroteros ya no saben cómo tapar la podredumbre que brota a borbollones en todo lo que tocan. Si del Poder Judicial hablamos, son constantes los espectáculos grotescos que nos regalan algunos jueces, magistrados y ministros sobre sus acuerdos, desacuerdos, desplantes y resoluciones.
Si nos referimos, por ejemplo, al ministro presidente, constatamos que lo más relevante de su currículum es haber pasado de ser acomedido achichincle del subcomediante Marcos a secuaz de Tartufo, dedicado a recoger huellas de callosas manos campesinas para validar el mayor destrozo causado a la Sierra Lacandona; y de ahí, a presidir la Corte. Son dos sus grandes decisiones como presidente autóctono: contemplar a una mujer humillada limpiándole los zapatos, y hacer una Corte nómada para una “justicia” trashumante. Ya reunió a miles de pobres para notificarles, en su propia comunidad, una sentencia a su favor. ¿Hará lo mismo cuando la resolución sea contraria a la multitud? ¿Tendrá valor para hacerlo? Lo cierto es que no resultó suficiente lo “humilde y originario” para desempeñar eficazmente tan alta responsabilidad. Los acordeones fabricados en Palenque no generan aptitud.
Otro caso espeluznante es el de María Estela Ríos. Lo destacado de su historia es haber sido consejera jurídica de su bienamado Tartufo en el Distrito Federal, y después, con el mismo cargo, cuando ese pelafustán fue presidente de México. Con decirle a usted que ya superó a Lenia Batres (la ministra del pueblo) y a Loretta Ortiz; quienes, por cierto, ni juntas ni separadas las tres pueden leer, al menos, lo que les escriben sus secretarios de estudio y cuenta.
Pues resulta que la egregia ministra María Estela Ríos, en sesión de Pleno y sin ser tema a debate, espetó algo verdaderamente abominable: “que a los nacidos in vitro tal vez no debemos considerarlos parte de la familia”.
Yo simplemente me sumé a la indignación general causada parafraseando un antiguo y chusco epigrama:
Se disfrazó una ministra/ de burra en el carnaval/ y quedó desconcertada/ porque aunque iba disfrazada/ todos le decían igual:/ unos, adiós Mariquita/ y otros, adiós animal.
Aunque me acusen de racista, misógino y desgarrador de investiduras: lo que Natura no les dio, la Corte no puede prestarles.