Cultura

Obdulio, el futbolista discreto

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No todos sabemos de él.

Ni tampoco todo.

Los que algo sabemos.

Pasa que el vértigo de las últimas décadas del siglo pasado, el de levantar barreras para luego tirarlas, revolucionó las actividades humanas uniformándolas y colocándolas en cada uno de los rincones del dilatado planeta llamado tierra.

Obdulio (Varela) fue un futbolista uruguayo, sin duda el más grande de ese país, que aunque “tan popular” como Gardel, Chaplin o Cantinflas, a decir del periodista Antonio Pippo, mucho tenemos por descubrir de él.

La fama y la grandeza del deportista parecen haberse quedado congeladas en su tiempo.

Cuestión por mucho diferente a la de esos otros grandes futbolistas, Pelé, Maradona, Messi y más, a quienes conocemos en tanto piezas de la práctica de un juego ya globalizado, y donde mucho ha influido la personalidad de estos nuevos protagonistas. A diferencia de la de Varela (1917-1996), un “hombre público a pesar suyo”, como lo observa el mismo Pippo en Obdulio desde el alma, entre las pocas biografías disponibles del Negro Jefe.

Un gran-pequeño libro el de Pippo.

Antonio Pippo, Obdulio desde el alma, Estadio Centenario, Uruguay, 144 pp.
Antonio Pippo, Obdulio desde el alma, Estadio Centenario, Uruguay, 144 pp.

Que cumple al darle voz al biografiado (a su círculo más cercano y en primerísimo lugar a su compañera de vida, Catalina) y que perfila con una prosa exacta, la del oficiante del periodismo, los apartados claves en la conformación del hombre y el profesional Obdulio Varela.

“Alto, elegante, algo zafadito”, dice Catalina, “de palabra fácil. ¡Qué pareja, Dios mío! Él, morocho más que subido, yo, rubia, de ojos claros, delicadita. ¡Si habrá hablado la gente!”.

“Mito en vida”, le llama el periodista.

Siendo (tal vez su hazaña más conocida) la fecha del 16 de julio de 1950 clave de la trascendencia de nuestro biografiado Obdulio.

“No hubo jamás en este siglo, ni antes ni después, otro impacto igual en las gentes”, precisa el periodista acerca del triunfo de la selección uruguaya sobre la de Brasil, en el mundial de ese año, y en el partido final acontecido en el estadio Maracaná.

“Tanto [así] que preside desde una suerte de subconciencia pública, firme como una roca, cada una y todas las actitudes nacionales”.

Nacido en un hogar humilde, Obdulio se enroló en el futbol en un equipo muy modesto de su barrio (La Teja) para de ahí pasar al Peñarol. “Ahí entendí lo que quería decir patria, me sentí alguien responsable de la alegría o de la tristeza de los demás”.

Integrante de un colectivo de futbolistas que apenas unos años atrás habían “adoptado” la práctica (inglesa), experiencia que se repetirá en casi todo el continente, Obdulio fue también una persona “diestra en la noche y las copas”.

Un “rebelde” de voz gruesa que, dos años antes de la epopeya maracaniana, organizó un sindicato (y una huelga) en defensa de los intereses de los jugadores y para obtener mejores beneficios de los dueños de las escuadras, ya un codiciado negocio.

Obdulio desde el alma nos lleva a ese mediodía brasileño del año 50, segunda ocasión que Uruguay ganaba la copa mundial de futbol, organizada como hasta ahora por la FIFA, destacando la importancia que para entonces tenía la radio, única posibilidad de enterarse de los hechos en el momento de su desarrollo.

Marcada la distancia con la realidad, conocida por todos, del “estadio lleno, con las entradas caras, donde se cumplirá la ceremonia habitual y, por supuesto, televisada”.

Cuenta Pippo que la selección de Uruguay había sido derrotada recientemente por la brasileña, “una máquina bordada de luces y estrellas”.

“Casi doscientas mil personas absolutamente convencidas, extasiadas”.

Sucedió entonces.

Obdulio, capitán de 33 años, 1.78 de estatura, 72 kilos, comenzó a guiar a su equipo con “voces fuertes” hasta conseguir el 2-1 final.

“Pensando en todo aquello”, advertirá Obdulio al biógrafo, “más me afirmo hoy que fue un partido ganado con la mente, no con la habilidad. Los ahogamos de entrada, los hicimos rebotar contra una pared, sentir el rigor en el medio y atrás, donde Gambetta y Matías fueron algo serio junto a Julio Pérez, que los marcaba a todos. ¡Una cosa impresionante!”.

Obdulio se retiraría cinco años después y, desde entonces, llevaría una vida discreta y alejada de los ambientes deportivos.

“¡Campeones del mundo otra vez!”, evoca Obdulio.

“Sentía que habíamos honrado a los hombres del 24, del 28, del 30. Que habíamos mantenido el valor de una historia. Mi concepto de patria se basaba, lo confieso, en la alegría de la gente humilde, que es la que más felicidad alcanza con un simple partido de futbol”.

Obdulio.

Desde el alma.


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Mauricio Flores
  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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