Política

La política de la indolencia

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Nuestro consentimiento a la violencia forma el aire que respiramos. México es el país de casos emblemáticos de barbarie, tan constantes, que ninguno siguió siéndolo. Les hemos arrebatado la condición desde la que nos daríamos cuenta lo roto de nuestros límites. La política a la mexicana nos hizo conocer la demencia hace más de una década. Cuando se disolvía gente en ácido, apodamos al ejecutor y lo hicimos cocinero. De alguna manera superamos que a un hombre le quitaran la cara. Hoy, somos capaces de contar cómo un niño esconde a sus hermanos entre arbustos, para escapar de las balas que matan al resto de su familia. Aquí olvidamos que la política servía para evitar las vías violentas e hicimos de la violencia nuestra política.

Con el actual, van tres gobiernos que insisten en estrategias marcadas por la indolencia al afirmar que sus soluciones son distintas, aunque den resultados idénticos.

La atención a los mecanismos de justicia quedó en retórica y bajo una estela de soberanía exigua. La indolencia es la particularidad de la política mexicana ante la barbarie. Nos incomoda apenas para cerrar la mirada en seña de repruebo y duelo. Un duelo rápido que no estorbe agendas políticas: nada importa más que darle excusa al error. Si tan solo respetáramos la permanencia de la tragedia, quizá haríamos lo imposible para no repetirla. Escribiríamos más del dolor y no solo el recuento de hechos. Estos se sustituyen por otros, tanto o menos salvajes. El dolor se queda. Nos negaríamos a hablar de otra cosa, pero preferimos engañarnos con la intención de futuros positivos que surgirán sin excluir los elementos de pasados y presente negativos. Cualquier pésame se diluye al acompañarse del triunfalismo que, en la rutina de sus antecesores, el gobierno mexicano imprime al hablar de las virtudes en su política de seguridad.

Las virtudes de Agulilla, Tepochica, Culiacán y Bavispe.

En nuestra relación con la violencia, antes de la verdad ha importado la justificación.

Tres gobiernos han insistido en cómo el tiempo les daría razón. Panistas defendieron a Felipe Calderón, priistas a Enrique Peña, obradoristas a Andrés Manuel López Obrador. Ni una de las víctimas en cada uno de estos gobiernos tuvo de ellos defensa tan férrea. Tampoco el beneficio del calendario.

La manera en que se asesina y olvidan los muertos sacude a la par de cuántos se asesinaron. En la brutalidad con reglas no se admite matar a niños y mujeres. Es ley de guerra; con ella se guarda el reducto más primitivo de supervivencia social. En la masacre a la familia LeBarón ya ni eso.

Es imprescindible erradicar la indolencia del parloteo político que da a las víctimas versiones poco verosímiles de su tragedia y con el destiempo que insulta. Con indolencia se pide un voto de fe a lo que trajo demonios. La indolencia transformada en imposibilidad de asumir las responsabilidades políticas y del Estado.

Una de las funciones de un secretario de Estado es servir de parachoques para, con su renuncia, aminorar los costos políticos en la cabeza del Ejecutivo. Si al Presidente le interesara, al menos eso podría hacer bien el secretario Alfonso Durazo.

No funciona lo que sigue permitiendo muertos. A ellos ya no les quedó paciencia. Hora de reconocerlo. 


@_Maruan


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Maruan Soto Antaki
  • Maruan Soto Antaki
  • Escritor mexicano. Autor de novelas y ensayos. Ha vivido en Nicaragua, España, Libia, Siria y México. Colabora con distintos medios mexicanos e internacionales donde trata temas relacionados con Medio Oriente, cultura, política, filosofía y religión.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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