En el país que defiende sus tradiciones sin importar lo nocivas que sean, cada gobierno ha tenido oportunidad para demostrar su disfuncionalidad. La nuestra es una república de razones que justifican la insensatez en vez de contenerla. Hemos probado ser incapaces de ver tragedias por encima de filias. Derechos humanos, atención a la violencia de género, saldos de la enfermedad. Las víctimas importan menos que la estulticia en los discursos.
Cada gobierno ha querido establecer códigos para eludir sus responsabilidades. Pocos han tenido el éxito del actual. Una lógica que aprovecha la indiferencia de una sociedad en la que ochenta mil desaparecidos no son escándalo, tampoco más de treinta y seis mil muertos por el virus. Toda indiferencia ayuda al mal gobierno.
En el terreno continental está la urgencia por cambiar la lógica con la que el Ejecutivo mexicano se convence del lugar donde nos encontramos.
Nadie con un gramo de cordura defendería la forma en la que el gobierno brasileño ha manejado su porción de la pandemia. Si Palacio Nacional se aferra a la lógica de dimensionar la gravedad a partir de una tasa contra densidad poblacional, en unas semanas tendremos números proporcionales a los que hoy tiene Brasil. Las trampas de la relativización alcanzan al político que dependa de ellas. Nuestros treinta y seis mil muertos representan un promedio que ronda veintinueve por cada cien mil habitantes. Al pasar las cuarenta y cuatro mil muertes, resultaran en sus treinta y cinco por cada cifra equivalente.
Mañana está el mal manejo que hoy es innegable en un vecino no distante.
La disculpa será el tiempo. Admitir válidos cierto número de funerales a la semana. La tumba reducida por su posición en el calendario. Nunca le faltan excusas a quien juega con los parámetros de la realidad.
Una vez más, en México, la gravedad de nuestras tragedias se mide por el poco valor que le damos a la vida del otro. La muerte es el gran parámetro que embiste a las víctimas.
El presidente que llegó al poder tras años a contracorriente no es capaz de entender que el mayor acto de rebeldía es asumir la verdad. No dejarse llevar por los impulsos que abogan por los aplausos a pesar de los costos.
@_Maruan