Cultura

El arribo de los pasajeros a Tampico

  • Taller Sie7e
  • El arribo de los pasajeros a Tampico
  • María Luisa Herrera Casasús

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En 1834, once años después de fundado el Tampico de las Tamaulipas, la nueva ciudad contaba con sólo 5,000 habitantes, (el año anterior la epidemia del cólera había segado 3,000 vidas) pero la población crecía rápidamente por los extranjeros que arribaban buscando en nuestro país, antes vedado, las riquezas legendarias que se decían. Los barcos llegaban desde Nueva Orleans, ya que Cuba seguía siendo española. El contrabando se hallaba en su apogeo. Esta descripción nos la da el viajero Ch. Latrobe.

Desde el amanecer podía verse el embarcadero, bajo la península rocosa, lleno con botes del mercado y canoas de los indios, cargados con productos de las fincas de río arriba: caña de azúcar, otates, paja, fruta o barriles de agua dulce del río Tamesí. A la misma hora se llenaba la orilla con mujeres metidas en el agua hasta las rodillas lavando ropa, y sin temor a los cocodrilos que hormigueaban en la vecina orilla lodosa, o que retozaban en el río.

Casi no se podía hallar alojamiento, existía la llamada Fonda de la Bolsa, de un francés: una mala barraca de madera de dos pisos, cuya planta baja funcionaba como billar y cantina. Los alimentos eran pequeñísimas porciones de carne, pescado o pollo, con molleja, mondongo, cachete de vaca, camotes, frijoles negros y plátanos. Las mesas de juego se hallaban bajo los portales, donde vagaban los aventureros.

Para los recién llegados, Tampico no era el legendario “El Dorado”. Los precios de los artículos eran enormes, y los salarios para los más pobres albañiles o carpinteros, generalmente ingleses o alemanes, eran de tres a cuatro pesos diarios. Para llegar, desde la barra, se cobraban diez pesos por cabeza.

Las casas estaban construidas de acuerdo al país de origen de sus habitantes. Las de los europeos eran de piedra, las de los norteamericanos de tablas de madera, y las del mexicano descendiente de españoles con paredes bajas y gruesas, con techos planos y patios interiores. El indio construía jaulas de bambú revocadas con barro y techos de palma, como sus ancestros. Estos últimos se distinguían por sus sandalias, atuendo miserable y aspecto sojuzgado, quien no parecía haber ganado mucho con el cambio de amos, pues se le trataba como inferior. Las familias vivían muy confinadas, y los jóvenes forasteros pasaban la tarde paseando a caballo por los alrededores, jugando a los bolos o bailando con ayuda de un pianoforte, un flautín y un par de matronas. 

Dice el viajero que “algunas tardes se efectuaban unas mascaradas, mezclándose todas las clases sociales, Los pobres se entretenían bailando “fandangos” dos veces por semana, bajo una enramada en las orillas de la ciudad.”

Realista o no, ésta era la imagen que presentaba Tampico a los extranjeros, pero que siempre terminaban quedándose aquí a vivir y a enriquecerse.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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