Cada Semana Santa se repite la misma coreografía macabra: el IMSS advierte un aumento del 20 % en accidentes viales; en el norte del Estado de México los siniestros se disparan más del 80%; en la CDMX se acumulan volcaduras en Circuito Interior, Eje 6 Sur y Calzada de Tlalpan; y en Sinaloa, Querétaro y Tamaulipas se suman muertos que luego se etiquetan como “tragedias aisladas”.
Las autoridades responden con operativos, restricciones a la carga pesada y mensajes de “maneje con precaución”. Es decir, reaccionan. Siempre reaccionan.
La Visión Cero, adoptada por Suecia desde 1997 y hoy presente en decenas de ciudades y países, parte de una premisa incómoda para muchos gobiernos latinoamericanos: las muertes en carretera no son inevitables. Los seres humanos cometemos errores: nos distraemos, nos cansamos, excedemos la velocidad.
Por eso, el sistema vial debe diseñarse para que esos errores no sean mortales. Velocidades seguras por defecto, infraestructura que tolere fallas humanas, vehículos con frenado automático obligatorio, calles que prioricen al peatón y al transporte público. No se trata de culpar al conductor fatigado, sino de dejar de diseñar carreteras como si fuéramos máquinas infalibles.
Pero en México seguimos anclados en la lógica opuesta. Sabemos con meses de anticipación que entre finales de marzo y mediados de abril el flujo vehicular se duplica. Sabemos que la combinación de lluvia, cansancio y exceso de velocidad es letal. Y, aun así, la respuesta es reactiva: desplegar más patrullas después del primer choque múltiple, cerrar carriles cuando ya hay víctimas, emitir comunicados de “tolerancia cero” cuando la tolerancia ya cobró vidas. Es una política de contención del daño, no de prevención.
Sin embargo, la responsabilidad es directa y no admite excusas presupuestales. La SICT y las secretarías de movilidad estatales tienen la obligación de garantizar el derecho a una movilidad segura. Diseñar glorietas en lugar de cruces peligrosos, instalar radares fijos con sanción automática, reducir límites de velocidad efectivos —no solo en el papel— en tramos de alto riesgo, invertir en transporte público masivo para evitar que miles de familias recorran cientos de kilómetros en auto, y exigir sistemas avanzados de asistencia al conductor como equipamiento estándar.
Todo eso puede hacerse antes de que inicie la temporada, no después del primer “domingo de luto”. Pero, mientras la seguridad vial siga tratándose como un asunto de campañas de concientización y operativos temporales, seguiremos contando muertos previsibles.
Por esa razón es que la Visión Cero no es un eslogan europeo: es la única postura ética posible cuando se administra la infraestructura que utilizan más de 130 millones de personas. Exigir prevención no es radicalismo; es exigir que las autoridades cumplan con su deber antes de que otra familia tenga que despedir a un ser querido en abril.
Lo normal no debería ser que nuestras autoridades esperaran a que ocurran los accidentes y las muertes resultantes de estos últimos para verse obligados a actuar, sino anticiparse y mejorar el sistema de movilidad que nos falla todos los días, a todas las personas.