En el año 23 a. C. aparecieron sus tres primeros libros de Odas. Dos exactos milenios más tarde, viva Horacio.
Viva Horacio porque viva la dorada medianía y viva todo lo que no sean burdos extremos.
Viva Horacio a quien Auden llamó el más diestro de los artistas; viva porque a uno de mi edad, como dijo Sainte-Beuve citado por Salomón de la Selva, le permite como volver a la adolescencia: viva Horacio, pues, porque puede devolvernos la juventud. Y devolvérsela al mundo.
Viva Horacio y vivan las democráticas páginas color rosa insertadas enmedio —siempre enmedio— del Pequeño Larousse, donde buscamos y encontramos por vez primera: “Carpe diem. Aprovecha el día presente. Palabras de Horacio (Odas, I, 11, 8) que nos recuerdan que la vida es corta y que debemos apresurarnos a gozar de ella”. Y también: “Non omnis moriar. No moriré del todo. Pensamiento de Horacio (Odas, III, 30, 6): Yo no moriré del todo, pues mi obra sobrevivirá”. Esto último fuimos a buscarlo para saber por qué se llamaba así el poema de Gutiérrez Nájera que empieza: “No moriré del todo, amiga mía”.
Viva, vive Horacio porque aún son de primer, utilísimo y frecuente uso expresiones a él debidas, así no lo sepamos, como sub júdice.
Viva Horacio porque permitió que en lengua española existiera esta preciosidad de Fray Luis de León al vertirlo del latín (Odas, III, 10): “Y las nieves/ compuestas y tendidas/ del aire agudo en yelo convertidas”.
Viva Horacio al que un profesor de Cambridge dijo imaginarlo como “rechoncho, mofletudo y con barriga chelera”.
Viva Horacio porque viva el cuidado de las formas, más allá de la poesía, en todos los órdenes y sentidos.
Viva Horacio por hoy, para hoy. “Quiero el latín para las izquierdas”, dijo famosamente Alfonso Reyes en su “Discurso por Virgilio”. Horacio en la actualidad sería al latín de esas izquierdas lo que la socialdemocracia es a la política. De nuevo, y qué más: viva Horacio.
Muera el Palacio. Muera la Barraca. Viva la clase media. Viva Horacio.