Contrario a lo asumido (leo en un texto del TLS), la habitual óptica utilitaria respecto a que al principio los perros sirvieron para usos prácticos —cazadores y guardianes— y solo tiempo después se insertaron en la vida doméstica como mascotas es improbable. Vuelve a tomarse con seriedad a Konrad Lorenz cuando especuló: el atractivo que los cachorros juguetones tienen para los niños (y adultos) fue crucial para que nuestros ancestros los adoptaran en sus comunidades. Añado que más allá del perro juego-juego para los adultos, todo perro es un formidable juguete verbal.
Pequeñita, nos llegó bautizada: Mika. Dice T. S. Eliot que a un gato por ningún motivo debe dársele un nombre que tenga menos de tres sílabas. (Y acierta: no pondré de ejemplo eficaz un nombre de sus gatos sino de uno que en español va de Lope de Vega —y él inventó o fijó el nombre— a Cri Cri: Micifuz. Tres sílabas; en verso se volverían cuatro por el agudo fuz final.) Yo digo que el nombre ideal de un perro no debe rebasar las dos sílabas. No me cabe aquí la cantidad de escritores que bautizaron a sus perros con ese límite. El nombre de Mika cumplía, entonces; y habría cumplido en otro bautizo: en recuerdo del pequeño Schnauzer de una querida y hoy desolada comadre llamado Nino, para Mika yo habría propuesto Nina, que además es como arrullo o nana en italiano, y muchacha en catalán.
Ya era Mika, pues. La cosa es que ningún nombre de perro se queda quieto. Los de la casa se encargan de rebautizarlo y llevar su nombre de aquí para allá. Se le adaptan nombres de personajes, situaciones, cosas. Se le cantan canciones-variaciones: “Ella se llama Mikaela; tiene unos ojos muy bonitos” (y en efecto los tiene); o aquel juego de palabras (solo funciona con nombres de dos sílabas) adaptado en México por Olivia Molina y que al caso iría: Mika, Mika, Bobika, Banana Banafó Fika, Fifainó Nika, Mika. O por ejemplo, este apodo-adjetivo en atención a la proverbial medrosidad de la raza Schnauzer pequeña que da en estarle ladre y ladre a quien se acerca a la puerta (barrendero y hombres Junghanns sobre todo): Mikántropa. O uno que solo yo entiendo: Sinisa Mikáilova, por el gran futbolista serbio Sinisa Mijáilovic. Y así. La cosa puede llevar a terrenos insospechados. Para que no sepa que nos referimos a ella, le decimos Torcuata. De ahí a poeta Torcuata Tasso, con todo y rima, no hay más que un paso.
A Mercedes (quien la trajo y quien la llama Mikanor Parra), en la primera línea médica contra el Covid-19.