Con su acostumbrada amabilidad, Michelle me dio los buenos días con esa inflexión en su voz que revela la extranjería de su lengua materna, aunada ésta, a la inconfundible entonación gutural de los habitantes de las antes colonias francesas de ultramar.
En tono convencional, con esa frase que solemos pronunciar sin esperar en realidad respuesta, le contesté: “buenos días, como te va”, “todo tranquilo” dijo, y sin saber porqué, su respuesta me hizo pensar en la “calma chicha” que a veces antecede a las tormentas.
Los problemas nunca se acaban, en un cierto momento que percibimos como “tranquilo”, se puede estar gestando una “tormenta” que tarde o temprano deberemos enfrentar. Las adversidades son inevitables y a lo largo de la vida, algunas nos marcan por ser realmente dolorosas, por lo que pienso que tratar de vivir eufóricamente felices, como lo pretenden los innumerables mensajes que hoy saturan el ciberespacio, es malentender la vida, sus avatares y nuestra frágil condición emocional humana.
La felicidad es una emoción pasajera que nos hace sentir satisfechos y alegres por algún motivo o sin él, a veces por el único hecho de estar y sentirnos vivos. Esto es bueno, porque nos proporciona la confianza y energía necesarias para perseguir nuevas metas.
Pero cuando “ser feliz”, como muchos pregonan, se convierte en un único y obsesivo propósito en la vida, la decepción acecha a la vuelta de la esquina, porque no está en nuestra circunstancias humanas pasar por esta vida sin dolores y pesares. Nacemos para la muerte y en el camino vamos dejando enterrados muchos sueños, querencias e ilusiones. Si además consideramos el mundo en el que vivimos, en el que nuestra condición imperfecta nos hace cometer toda clase de injusticias y crueldades contra nuestros semejantes; ser o pretender ser feliz, no deja de tener un cierto toque de egoísmo o en el mejor de los casos de ignorancia. Tal vez, solo tal vez, a lo que si podemos aspirar es a conseguir la tranquilidad del alma.
lamontfort@yahoo.com.mx