Quien al leer el título de esta líneas haya imaginado que me referiría a algún recién descubierto punto anatómico clave para lograr una nueva forma de placer, se habrá equivocado, pero no del todo, pues la frase alude a un estadio mental y físico de perfección, en el que mente y espíritu se encuentran como dos partes de una misma cosa, y eso supongo yo, significará un estado de plenitud que bien puede considerarse como el placer más profundo que puede llegar a experimentarse.
Sin embargo, si el amable lector supuso lo antes descrito, no hay razón para avergonzarse, dada la sobre ponderada importancia que hoy en día se le da al tema del sexo y la desmedida promoción del mismo que hacen algunos medios, lo que ha resultado en la cultura hiper-sexualizada en la que vivimos.
El Punto Omega no es una ocurrencia o una teoría aventurada más de las que abundan en los anaqueles de textos esotéricos de las librerías, sino el resultado de las reflexiones y estudios de un paleontólogo, jesuita y pensador francés llamado Teilhard de Chardin (1881-1955), quien retomando las teorías del físico matemático ruso Vladimir Vernadski (1863-1945), sostiene que tanto hombres como universo vivimos en una constante evolución conformada por tres etapas: la geosfera o mundo material; la biosfera, como el surgimiento de la vida y la noosfera, entendida como la etapa en la que el razonamiento y la inteligencia han permitido al hombre transformar la naturaleza para cubrir sus necesidades, etapa ésta última que Chardin sostiene culminará en la fusión de la religión y la ciencia, el punto donde mente y alma se fundirán en un todo absoluto y universal, un destino final al que él llamó el Punto Omega, tal vez por ser esa la letra final del abecedario griego.
Chardin integró al mundo científico el concepto de la Noosfera, que hoy se reconoce como la “esfera del planeta abarcada por la actividad humana racional”.
Esta idea evolucionista resulta refrescante y esperanzadora, particularmente hoy, en que el comportamiento de muchos hace pensar en que más bien nos dirigimos hacia una involución.