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La 4T y el 'fracking': bienvenida la realidad

La realidad tiene la mala costumbre de imponerse sobre la fantasía. Esto es justo lo que está ocurriendo con varios de los pilares de la llamada Cuarta Transformación. El más reciente es su postura frente a la fracturación hidráulica, mejor conocida como fracking

Durante años, López Obrador condenó el fracking para extraer gas natural por sus costos ambientales. Al mismo tiempo, puso la soberanía energética como un objetivo central de su gobierno. El problema es que estos dos objetivos no son compatibles. La ideología chocó con la realidad. Algo tenía que ceder. Afortunadamente, Sheinbaum parece haberse inclinado por el pragmatismo.

Hoy México importa cerca de 75% del gas natural que consume, casi todo de Texas. Esta dependencia nos hace vulnerables a políticas de otros países, en particular de Estados Unidos, en un momento en el que la energía se ha convertido en una pieza clave del ajedrez geopolítico. Seguir ignorando nuestras reservas de gas no era una postura ecológica. Era un lujo que el país no puede darse. 

No debió ser fácil la decisión. López Obrador, su mentor, fue tajante en su rechazo al fracking. Con su formación ambientalista, Sheinbaum ha sido cautelosa en la manera de plantear el cambio. Evita el término lo más posible y resalta los avances tecnológicos que minimizan el daño ecológico. Incluso creó un comité científico para proponer el método más sustentable. Pero en el fondo, se trata de maquillar la realidad: se está dando un golpe de timón. Además, el nuevo esquema le abre la puerta a la inversión privada en energía (Pemex no cuenta con la tecnología), rompiendo con otro tabú del sexenio pasado. Estamos hablando de un cambio significativo de rumbo, aunque no se le quiera llamar así. 

Y hay que aplaudirlo. Es una decisión incómoda, pero necesaria. Responde a la realidad energética y económica del país. Hay un costo ecológico, sin duda, pero también los tiene la dependencia extrema. Al final, es una cuestión de prioridades. Entre proteger incondicionalmente al medio ambiente y aprovechar nuestra riqueza energética para crecer, me queda clara cuál debe ser la respuesta. 

No haber permitido antes el fracking nos ha costado mucho. De entrada, nuestra dependencia del gas extranjero no sería tan alta. Mientras debatíamos en México, EU pasó de importador a exportador de energía gracias, en buena medida, a esta misma tecnología. 

La decisión es sólo el principio, hay que ejecutarla. El objetivo de duplicar la producción de gas para 2030 es muy ambicioso. Y aun si se logra, estaremos lejos de llegar a la autosuficiencia, sobre todo porque la demanda no para de crecer. 

Por último, está el tema de la confianza, o la falta de ella. Me cuesta trabajo imaginar a los inversionistas privados apostando miles de millones de dólares tras lo ocurrido en el sexenio pasado, cuando proyectos energéticos ya aprobados fueron cancelados. La memoria pesa, y nadie quiere tropezar de nuevo con la misma piedra.


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Julio Serrano Espinosa
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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