Con la no aprobación de la ley electoral que propuso la presidenta Claudia Sheinbaum, más allá del rechazo por parte de legisladores de oposición, aliados y hasta morenistas incluidos, como espectador y periodista, por las imágenes en los noticiarios de televisión, y lo escuchado en conocidos programas radiofónicos y de parte de “opinólogos” opositores, la realidad presentó reacciones festivas, pero con inocultables síntomas de odio y venganza.
En la “clase” política, el lenguaje corporal muestra agresividad, egos dominantes, estados emocionales que explotaron para liberar enojos, impotencia, coraje.
Ya lo dijo alguien hace años: a falta de inteligencia, rudeza.
¿Qué pasará ahora con el llamado Plan B? Lo ignoro.
Lo que sí sé es que prácticamente es unánime la condena de la gente a lo costosísimo de los procesos electorales, que coinciden en que están demás los diputados “plurinominales”, que el dedazo continúa, que la política es un gran negocio, y que muchas y muchos legisladores nunca debieron llegar las curules que ocupan.
Al final, considero yo, lo que vemos en materia política y más en la electoral, es consecuencia de un sistema que se encargó engendró estos vicios, las formas absurdas de tejerlas para sobrevivir siempre.
Algún día caerán, que ni qué.
Y ahí, en esas imágenes, al menos las que yo pude ver, observé a nuestros conocidos Rubén Moreira y Marcelo Torres Cofiño, mostrando sus rostros casi en éxtasis, sonrientes, felices por haber ganado el round. Rostros y gestos de poder.
¿De veras ganó la oposición? ¿O de veras seguirá siendo derrotada después de cada elección? La gente ya los vio, ya supo lo que hicieron, sin más enredos discursivos.
El afán de criticar todo, de decirle no a todo sin excepción, de negar todo, de no reconocer nada y despreciar cuanto acto de gobierno federal se presente, lo único que va a darles es, sí, una victoria pírrica, en el instante, momentánea.
La hora buena será cuando el electorado vote. O logran convencer a éste de que sus sesudas ideas son mejores y para bien de la raza, o mantendrán su viaje a la desaparición. El comentario alcanza aplica al Partido del Trabajo (PT), y al Verde Ecologista (PV).
Y aplica en Coahuila, donde ya sabemos los nombres de las candidaturas al congreso local. Ni Morena se salva.
Pareciera que en la entidad vivimos en un sistema monárquico.
Los vicios derivados de largos periodos en el poder, en este caso del PRI, han establecido una "corrupción sistémica"; lo que gritan en San Lázaro, o en el senado o en los medios de comunicación afines, de que Morena hace todo por ser un partido de Estado, en Coahuila hace décadas que el PRI así lo estableció, y los pasos que da el morenismo apuntan igual.
El régimen monárquico en el estado se observa en muy variadas instancias y dependencias oficiales, en todos los partidos políticos, en las alcaldías, en las designaciones de candidatos (as), en la Universidad de Coahuila (sin la A de autónoma, no existe).
De ese Coahuila que forjaron Madero y Carranza, de política fina y de democratización, no queda sino la historia.
Hace muchos años que aquí los relevos políticos y gubernamentales son por herencias, se pasan entre familias, entre iguales, entre los grupos de poder que se transmiten cargos, puestos, sucesiones, relevos, me quito yo y te pones tú.
La vida institucional en la entidad es patrimonial, de familias, lo que creen que es estable y le da continuidad a lo mismo: la ambición enfermiza por el poder político y el poder económico.
De abuelos a hermanos, a hijos, a sobrinos, a familiares, a compadres.
La sucesión es imparable. Echen un ojo a los nombres y apellidos de quienes han gobernado el estado y los municipios, o hacen escala en el Congreso, o hacen una parada técnica en la Universidad de Coahuila o en los comités estatal o los municipales de cada uno de los partidos.
La inercia sucesoria viene de lejos y va más lejos, a veces con un barniz feminista.
La monarquía en Coahuila se ha adueñado de cuanto le ha sido posible. Ante la elección del domingo 7 de junio para “renovar” el congreso, toca a la prensa jugar un papel fundamental en la cobertura profesional del proceso, investigar y difundir información verídica, no falsa, ni partidizada, sin filias ni fobias, sin calumniar ni distorsionar nada, hacer un periodismo ético, diversificar las fuentes para refrescar las ideas que se expongan, y darle un nuevo aliento a esta laberinto sin salida.