Los hábitos lo serán a escala “normal”si se saben “condicionar”. Nótese que en una oración “benigna” hay dos conceptos entrecomillados y en la segunda uno. Tres en total que engloban un par de teorías sobre el comportamiento humano; el primero tiene que ver con un parámetro ético que ha manejado la psiquiatría desde que tengo memoria: qué es y qué no es “lo normal”. En efecto, los parámetros siguen endebles. El segundo está prestado de lo estrictamente conductual, de los condicionamientos clásico y operante. El tercero está ligado más a lo enfermo que a la salud mental.
Los hábitos pueden convertirse obsesiones (eternos rituales) sino se tiene la capacidad de controlarlos. Pero eso es dificilísimo.
La historia de la literatura, si se estudia cuidadosamente, no deja de tener miles de conductas repetitivas. Personajes que hablan para sí, hombres que tienden a confundir a sus mujeres y las ven como sombreros, etcétera.
Y aparece —reaparece— de pronto la música, una presencia inevitable.
He sabido, en la vida y en la ficción, que hay quienes no logran dejar de escuchar notas musicales. Es decir --Simon and Garfunkel-- son los Sonidos del Silencio.
Poco me dediqué a la terapia, nunca hablé de eso tampoco en alguna prestada y casi anónima cabina radiofónica. Pero sí tengo el repertorio (y lo ecléctico) de mínimo tres generaciones: padres, tíos, hermanos y hermanas mayores.
Me contaba mi terapeuta clínico que alguna vez atendió a un hombre que tenía la cabeza llena de letras de canciones. ¿En dónde radicaba lo “malo”? No lo encontraba. Sea cual fueren las repuestas todo puede traducirse en gravedad cuando se pierde el control, como se puede peder ante un volante.
Ese caso lo trató mi terapeuta (a quien debo ahora mi relativa estabilidad emocional) años enteros.
Aquel paciente soñaba canciones, escenas de películas de rostros bellos o desencajados cantando. Aún en las horas de trabajo o al cruzar la calle se daba el lujo de cambiar versos o componer otros a los que iba musicalizando.
Busqué en la bibliografía y hallé varios casos similares.
Si he de hablar de mi propia experiencia me declaro maniático y apasionado de las voces que lograron cambiarme. Los hechos pasados son música.
Es por eso que anoté lo escrito por Cortázar: “música, melancólico alimento para los que vivimos de amor”.
Daños sin consecuencias / tendencia terapéutica. Debe de ser.
Juan Gerardo Sampedro