A veces creo que las trágicas noticias que uno escucha en la clásica radio no tienen nada que ver con aquello de "me gusta lo que tiene la mañana / me gusta el primer traguito del café". Yo quería escribir una ficción donde una chamaca del alma (como la Chacha Linda de Misantla) se pierde en un enorme jardín mientras pedalea su bicicleta. Tomé fotos a uno que me queda cerca de casa, un parque que fue anteriormente "aviación" porque ahí rentaban helicópteros que por mil pesos ofrecían una vuelta por el Popo antes de que aventara fumarolas.
Anduve vagando bajo la luz de la tarde que se iba alejando como los barcos de papel que dejábamos en el abandono los días de lluvia. Entre tantos que aun corrían, distinguí unas cobijas que parecían tener movimiento propio.
En ese momento ya no pensaba en la ficción de la muchacha de la bicicleta y su inexplicable pérdida porque lo menos que deseo es replicar argumentos y --me vino a la cabeza-- que antes había leído algo muy similar. Idea abortada. Vuelvo a las palabras del reportero rojo: avanzan las horas y nada hay para nadie, nada está plenamente asegurado.
Me concentré en el misterioso movimiento de esas cobijas quizá húmedas que continuaban moviéndose. Abajo de ellas se ocultaba una persona quien previamente encendió una minúscula fogata. Lo extraordinario de todo esto es que el hombre, barbado sintonizó un radio que se acercó al oído para ponerse al tanto de los noticiosos. Dijo "El Fonógrafo" y después "quiero comer algo". Buscó y siguió buscando. Me atreví a preguntarle algo obvio y respondió: "en esta zona agarra bien", se refería, sin imaginarlo demasiado, a la sintonía. "Lo malo es que se agotan las baterías y dejo de oírlo hasta que alguien me trae otras o las consigo por ahí, en los botes aquellos", señaló a los de la basura.
"Listo", dijo. Comprendí que no buscaba notas inquietantes sino la música de El Fonógrafo. Vaya: la estación mía por tantos y tantos años. Volvió a esconderse en las cobijas: cero muchacha en bicicleta. En un parpadeo todo desapareció de mi visión. Solo volvió la madera del piso de mi casa y la voz de Lupita Palomera: "Tiempo aquél que se fue sin sentir por culpa mía..."
Ésas fueron solo las formas de una trágica imaginación. El cielo estaba quieto.
Juan Gerardo Sampedro