A las 10:45 horas del 9 de noviembre de 1888, John McCarthy, propietario de unas viviendas en el barrio bajo de Whitechapel, en Londres, envió a su ayudante Thomas Bowyer a cobrar el dinero de la renta.
Bowyer debía tocar puerta por puerta y esperar a que el inquilino en turno saliera con el dinero o con la excusa.
Al llegar a la vivienda número 13, la mujer que ahí habitaba, Mary Jane Kelly, simplemente no respondió.
Bowyer introdujo su mano por una ventana rota y corrió un poco la cortina. Lo que vio lo dejó sin aliento: sobre la cama reposaba el cuerpo mutilado de la prostituta de origen irlandés.
Mary Jane Kelly, de 25 años, fue la quinta víctima atribuida a Jack el Destripador, un criminal que odiaba a las mujeres tanto como amaba las vísceras de estas. Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes fueron las otras cuatro prostitutas sacrificadas por el individuo que, al enviar sus cartas a los medios y la policía de entonces, creó el vínculo maldito, vigente hasta la fecha, entre homicidio serial y espectáculo.
En particular, el cuerpo de Kelly fue un carnaval para el destripador, quizás porque tuvo todo el tiempo del mundo para hacer sus cortes y confecciones.
Las vísceras de la mujer estaban dispersas: el útero y un pecho bajo la cabeza, el otro pecho bajo el pie derecho, el hígado entres los pies, los intestinos junto al pie derecho y el bazo al lado izquierdo; trozos de abdomen y muslo estaban sobre la mesa.
El 9 de noviembre, coincidiendo con la efeméride del asesinato de Kelly, algunos medios informaron que un equipo de forenses británicos logró despejar la incógnita en torno a la identidad del asesino tras realizar un estudio de ADN mitocondrial de las manchas de sangre y de esperma recabadas de un chal durante las investigaciones del año 1888 junto al cuerpo de Catherine Eddowes: se trata de Aaron Kosminski, un barbero polaco judío, quien llegó a Londres en busca de una mejor vida.
Cada año se revela una nueva identidad del más prominente de nuestros destripadores. Parece ser que al público ya no le interesa saber quién fue Jack el Destripador y se siente mejor viviendo en la niebla de un misterio, robusto y saludable, que va que vuela a cumplir su primer siglo y medio de existencia.
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