Talla tu máscara”, decía Marco Aurelio. Este mandato nos invita a construir, de manera lúcida y continuada, la persona que queremos ser. Esa construcción es, en realidad, una reconstrucción que entraña pasar a cuchillo los usos y las costumbres que hemos heredado y aprendido. No seas como eres, sino como te gustaría ser, vendría a ser la idea, que se antepone a ese refrán dictado por la tradicional pereza, y por la dejadez, hispana: “genio y figura hasta la sepultura”.
Marco Aurelio tenía el proyecto de convertirse en un estoico y talló su máscara siguiendo los rigurosos preceptos de esa tribu filosófica. La máscara se talla según el proyecto de cada quién.
Para conseguirlo Michel Foucault recomendaba una serie de acciones, de prácticas encaminadas al autoconocimiento, y consecuentemente a la transformación personal, que denominó las “tecnologías del yo”.
Cada quién tendrá que diseñar su propia panoplia de tecnologías, que es personal e intransferible como la propia máscara. Voy a proponer, como fundamento, dos tecnologías del yo que Foucault aprendió de los filósofos antiguos, que eran mucho más inteligentes que nosotros, pobres criaturas embrutecidas por la quimera que nos azuza desde la pantalla.
Una de las tecnologías es escribirse a sí mismo, hablarse por escrito (hyponnemata, decían los viejos sabios), poner en palabras los elementos de nuestra realidad, los heredados, los aprendidos y los fantasmáticos, y diseñar con estos un mapa vital, escrito, que nos sirva para empezar a tallar nuestra máscara. No se trata de escribir un diario ni una crónica de nuestros días, la idea es desenterrar, sacar a luz, exponernos por escrito.
El diálogo es la otra tecnología que puede servirnos, no la plática sino el intercambio sólido de ideas y conceptos que sirva para cuestionar nuestras costumbres y creencias, el despiadado vapuleo de nuestras opiniones más enraizadas, para lo cual es imprescindible un buen sparring. Talla tu máscara, o los demás van a tallarla por ti.