“Si quieres ayudar a un hombre, no le disminuyas su carga: auméntasela”. Esta máxima despiadada, que bien podría ser la primera piedra de la explotación laboral, la echaba Pitágoras a sus discípulos que formaban, arremolinados en torno suyo, una confraternidad hermética, un culto mistérico, una secta quizá sería mejor decir.
Además de filósofo y matemático Pitágoras era el líder de un grupo de hombres y mujeres que seguían rigurosamente sus vistosos lineamientos. Por ejemplo, ninguno fabricaba sus prendas con materiales de origen animal y, al hilo de esta restricción, proponían continuamente a la autoridad una iniciativa de ley para proteger a los animales. Era tal la devoción que el filósofo sentía por ellos que, cada vez que se encontraba con alguien que vendía ovejas o pájaros, los compraba para después ponerlos en libertad.
Los pitagóricos, o matematikoi como se llamaban propiamente los seguidores del filósofo, fundaron la que quizá sea la primera comunidad vegetariana de Europa, en Crotona, hace 2500 años. Fuera de los vegetales no comían seres vivos porque Pitágoras les había enseñado que todas las vidas son una sola, y que al destruir una mermaban necesariamente la vida de todos.
El filósofo aprendió estas ideas de las visitas que hizo, cuando era joven, a los magos y a los chamanes del oriente y a los giróvagos y a los gimnosofistas, de ahí salió la estructura de su secta que él mismo perfilaba en los misteriosos discursos que largaba, como el mago de Oz, oculto detrás de una cortina.
Pitágoras y los hombres y las mujeres que lo seguían, ese grupo mixto que era la evidencia de su tremendo vanguardismo, tenían prohibidas cuatro cosas: comer habas, tocar un gallo blanco, mirarse al espejo cuando estaban cerca de la lumbre y dejar la huella del cuerpo en el lecho, el hueco que deja la cabeza en la almohada, por ejemplo.
Cada vez que alguien menciona el Teorema de Pitágoras invoca, aunque no lo sepa, la luminosa excentricidad del filósofo, la hace relumbrar como un incendio en la lejanía.
Jordi Soler