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Miércoles , 20.03.2019 / 04:43 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Ese miedo animal

Jordi Soler

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A ese montón de creencias que articulan nuestros días, el filósofo Salvador Pániker las llamaba: "explicaciones fantasiosas que el aterrado animal humano se ha ido dando a lo largo de su historia". Las religiones serían, en este sentido, la obra magna del aterrado animal que somos y, a partir de aquí, podríamos ir identificando una larga cadena de creencias de todo tipo que nos permiten sobrellevar ese miedo que define a nuestra especie. ¿Miedo a qué? Fundamentalmente a la incertidumbre que palpita en el futuro, en el siguiente minuto o en los años próximos, una incertidumbre en la que a veces sería mejor no pensar.

El monje ascético Evagrio Póntico sostenía que rezar "significa despojarse del pensamiento", y sin pensamiento se aniquila la angustia que produce el inescrutable porvenir.

Entregado como estaba a descifrar el cosmos Einstein desconfiaba de la religiosidad supersticiosa que practicaban sus aterrados contemporáneos, pensaba que el miedo nos lleva a imaginar un Dios al que podemos influir a partir de nuestras plegarias, un Dios personal que está ahí para escuchar nuestros rezos y actuar en consecuencia.

En una era distinta del cosmos Carl Sagan, nos recuerda Pániker, decía que el mundo no está hecho para el hombre y por eso hemos tenido que civilizarlo, que llenarlo de ideas, conceptos, símbolos que alivien a ese aterrado animal que somos.

De manera que rezar, que es despojarse del pensamiento, sirve para quitarse el miedo, como también podrían servir las obras de arte, que nos centran en el presente que exige nuestra atención, y nos quitan de enfrente el angustioso futuro. "No hay mensaje racional en una fuga de Bach; pero nos orienta mucho más que un tratado de filosofía", dice Pániker que era un melómano que además tocaba el piano, y quizá podríamos añadir que esa fuga, además de orientarnos, nos quita el miedo, esa angustia permanente que nos limita y nos constriñe. El mismo servicio que la fuga de Bach nos lo presta un cuadro, una novela, una pieza de rock o un poema.

Anoto aquí un verso de José Emilio Pacheco que viene al caso: "despójate del día de hoy para seguir ignorando y viviendo". Aquí ya estamos cambiando de dirección, el verso recomienda despojarnos del pasado, cuyo peso también nos convierte en animales aterrados, lo cual nos coloca ante la evidencia de que el único territorio donde podemos evadir el miedo es el presente, por medio del rezo, o de una obra de arte, o de un whiskey irlandés con un par de hielos, que es un método infalible y expedito para fijar el tiempo presente, durante un rato al menos. No viene mal tener en cuenta que más de dos pueden, si la tarde tiende a la melancolía, instalarnos en el pasado, es decir a las puertas del miedo.

Pániker, que era mitad catalán y mitad indio, recurría a la sabiduría de Krishnamutri, y a la suya propia porque en la siguiente sentencia se nota su genial parafraseo: "El pasado es lo conocido. Es el fardo de lo que ya ha sido. Y mientras uno carga con lo conocido uno tiene miedo. Miedo a lo desconocido".

Con esta otra idea del filósofo ya podríamos ir trazando una cartografía para desplazarnos en el presente, a salvo del aterrado animal que somos; esta cartografía descansa, inevitablemente, en el hemisferio oriental del pensamiento: "Meditar es la atención plena al presente, sin juzgar. Meditar no es poner la mente en blanco sino liberarse del apego, es decir, del miedo. Meditar es quizá la única actividad humana carente de propósito: quien medita no va a ninguna parte. Es la vida sin finalidad del sabio zen". Y luego, inevitablemente, regresa a Krishnamutri: "Meditar es vaciarse de lo conocido".

Regresemos a nuestro hemisferio para seguir completando esta cartografía, probablemente inútil, con unos versos de Eliot que nos ayuden a instalarnos en el presente, lejos del miedo que bulle en el pasado y en el futuro: "O digamos que el fin precede al principio, y el fin y el principio estuvieron siempre ahí, antes del principio y después del fin. Y todo es siempre ahora".

Con cartografía o sin ella la verdad es que el presente se escapa continuamente, ya vamos en el futuro cuando estamos pensando en el presente y ese presente ya se quedó en el pasado, no hay forma de instalarse en ese territorio movedizo que continuamente se desborda hacia un tiempo o hacia el otro y, consecuentemente, no hay manera de quitarnos el miedo.

Yo después de anclarme al presente con una sonata, con una novela, con Led Zeppelin o con un whiskey irlandés, me abrazaría al último verso de Eliot, que propone un presente más elástico: and all is always now, y todo es siempre ahora. Y desde ahí combatiría ese miedo animal.

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