Los entomólogos tienen registradas cerca de 13 mil especies del orden Orthoptera, al que pertenecen los chapulines que, por cierto, encuentran en este nahuatlismo su descripción más pintoresca: Según Gutierre Tibón, chapulín viene de los vocablos nahuas chapa(nia), rebotar, y yulli, hule, o sea, “insecto que brinca como pelota de hule”, y regularmente lo hacen hacia hierba más verde que les asegure mejor nutrición. Bajo esa descripción, los chapulines llegaron para quedarse en la política mexicana, pasto asaz apetitoso para muchos personajes que sólo hacen de ella un medio de supervivencia, pero sin preocuparse por la función que la política debe implicar.
El fenómeno del chapulineo es relativamente reciente en la política nacional. De acuerdo a Sergio A. Bárcena, doctor en Ciencia Política por la UNAM, investigador del Tec de Monterrey y director de la Asociación Buró Parlamentario, el fenómeno surgió en la legislatura federal 2000-2003 con 14 diputados que cambiaron inopinadamente de partido, hasta llegar a 55 chapulines que se incrustaron en la correspondiente al periodo 2015-2018. (ver aquí)
Así, el número de chapulines políticos ha crecido de manera importante, principalmente a últimas fechas, debido al atractivo brillo de jardín adquirido por Movimiento Ciudadano y Morena. En un recuento realizado por El Universal antes de las recientes elecciones, 795 chapulines cambiaron de color para ver su nombre en las boletas de 31 estados, sin contar la Ciudad de México. Esta cifra cobra relevancia cuando vemos que, entre 3 mil 415 cargos de elección federales, estatales y municipales que estuvieron en juego, casi la cuarta parte de los puestos tuvo como protagonistas a nuestros saltarines personajes. Con tales cifras, uno se atreve a pensar que el caso deviene plaga en la golpeada política mexicana. ( ver aquí)
Aquí es donde se pone uno a pensar cuál es el verdadero motor que impulsa tanto brinco. Según el decir de algunos de los mismos chapulines, en muchos casos su partido “había perdido el rumbo” o “ya no respondía a los principios para los que fue creado”; en otros, “los dedazos de la dirigencia valían más para la selección de candidatos que los méritos ganados a través de años de militancia”. Con este argumento pretenden justificar su salto hacia otro partido que sí reconozca su valía como político. En el caso de los líderes reconocidos que migran hacia otros pastos, es común que sean cobijados por sus nuevos colores, porque tras de sí arrastran a nutridos (o no tanto) grupos de seguidores que sueñan con puestos de servidores públicos. De lealtades, ni hablar, porque como en todas las actividades humanas, en la política también abundan quienes están en ella como en cualquier otra, sólo como un modo de ganarse la vida sin comprometerse con su trabajo.
La creciente plaga de chapulines sumada al desprestigio popular del quehacer político, ha motivado que algunos diputados se empeñen en legislar sobre el tema, aunque, citando nuevamente a Buró Parlamentario, “legislar para limitar el chapulineo no ha sido una prioridad entre los diputados”, ya que entre septiembre de 1997 y junio de 2018 sólo se habían presentado 20 proyectos de reforma para regular el transfuguismo partidista… “Sobra comentar que ninguno de ellos ha prosperado”, aunque dos han llegado al extremo de solicitar la expulsión u obligar a renunciar al cargo a quienes cambien de partido.
Aquí vale la pena reflexionar que los partidos políticos son promotores y cómplices del chapulinismo, al ponerle precio a las lealtades de quienes saltan a sus filas, haciendo a un lado principios e ideologías, sin escrúpulos y sólo en busca de un salario trienal o sexenal, sin considerar a los ciudadanos rasos que pagamos sus salarios. Vámonos fijando bien, porque somos los que contamos…
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