La vida de los migrantes no es nada sencilla. Por múltiples causas, debidas o no a su voluntad, estos viajeros autoexiliados han decidido abandonar su lugar de residencia y han tenido que trasladarse, en condiciones a veces infrahumanas, a un nuevo sitio donde esperan retomar el hilo de sus vidas. Los que arriban a México por la frontera sur, principalmente los que proceden por vía terrestre desde Haití o Venezuela, ya superaron el infierno de la selva y los pantanos del Darién, pero aún tienen que recorrer los más de tres mil quinientos kilómetros que los separan de los Estados Unidos con su cúmulo de incertidumbres. Sin embargo, sigue latiendo en ellos la esperanza, siempre vital y humana, de que nuevas oportunidades les darán la bienvenida.
Pareciera que no hay adversidades mayores que las de estos ahora frecuentes habitantes del camino. Sin embargo, a su lado hay quienes tienen un presente y futuro más triste y complicado, porque debieron abandonar tierra, hogar, familia, amigos, trabajo, proyectos y quizás hasta parte de su identidad, obligados por circunstancias urgentes y forzadas, ajenas a sus deseos: Los desplazados internos.
Su situación es tan grave que desde 1998 la ONU definió a las “Personas Desplazadas Internamente” como las que se ven “forzadas u obligadas a escapar o huir de su hogar o de su lugar de residencia habitual”, para evitar un conflicto armado, violencia generalizada, violación de sus derechos humanos, amenazas contra su integridad, catástrofes naturales o provocadas por el ser humano, “y que no han cruzado una frontera estatal internacionalmente reconocida”.
La diferencia entre las condiciones de los migrantes voluntarios y los desplazados internos son abismales. Mientras los migrantes tienen derechos reconocidos en todo el mundo como acceso a la salud, la educación, la libertad de culto, a trabajar por cuenta propia o a un empleo remunerado, entre muchos otros, los desplazados carecen de instrumentos jurídicos que consideren su situación particular. Ellos salieron intempestivamente de su lugar de residencia huyendo de la muerte; no planearon su destino ni su lugar de arribo; dejaron atrás propiedades, medios de subsistencia y se ven obligados a cambiar de identidad con todas las afectaciones psicológicas que esto implica. Al carecer de documentos y esconderse en el anonimato, sobreviven de lo que sea y generalmente se instalan en las zonas marginadas de las grandes ciudades…
En México hay antecedentes de desplazados internos desde la década de los 70, cuando la intolerancia religiosa, las disputas de tierras o sus recursos naturales y los conflictos comunales motivaron la huida de decenas de familias de los estados de Chiapas (San Juan Chamula), Nayarit, Hidalgo, Oaxaca y Guerrero. En este caso, la gente hacía huir a la gente. Posteriormente, en los 90, los conflictos entre el Ejército Mexicano y policías locales contra el EZLN dejaron honda huella con la aún sangrante herida de Acteal, en la que fueron asesinados 45 indígenas tzotziles por fuerzas paramilitares, lo que causó el desplazamiento de más de 10 mil habitantes de la zona de Chenalhó, Chiapas, hacia otros destinos. En fechas más recientes, los grupos del crimen organizado han sido los principales provocadores del desplazamiento interno masivo o gradual, este último muy difícil de detectar para mostrar estadísticas completas.
Con todo y eso, la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos apunta que de 1989 a la fecha se puede hablar de más de 350 mil mexicanos que han abandonado sus lugares de residencia para permanecer de manera forzada en donde quizás nunca pensaron vivir. En términos estrictamente actuales, de acuerdo a la Comisión mencionada, de enero a septiembre de 2021 se registraron 36,272 desplazados por el narco, principalmente de los estados de Chiapas, Michoacán, Chihuahua y Zacatecas.
La crisis migratoria que ahora se vive en México no es tema menor, pero tampoco lo es el de los desplazados internos que, como ya vimos, huyen por su vida y la de los suyos en el sentido más estricto de la palabra. No han decidido migrar; han sido obligados a hacerlo y ahora mismo, al igual que hace medio siglo, no hay quien los vea porque son nuestros refugiados invisibles. El sonido de los balazos no deja escuchar sus lamentos y los abrazos son inútiles para protegerlos…
Fuentes:
Punto 2 de los Principios Rectores de los Desplazamientos Internos, CDH de la ONU, 11 de febrero de 1998.
Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, ONU, 1951.
Ana Laura Velázquez Moreno, Desplazamiento Interno por Violencia en México, CNDH, 2017.
https://www.eleconomista.com.mx/politica/Desplaza-crimen-a-36272-personas-en-9-meses-del-2021-20211121-0073.html
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