Política

La herida del imperio

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Hay países que nacen para comerciar y por esta razón mueren. Cuba fue, antes que nada, una economía de puerto: azúcar, tabaco y ron. En 1959 la Revolución nacionalizó lo que Washington consideraba suyo. La respuesta no fue diplomática sino interesada: cortaron la cuota del azúcar intentando herir a Cuba. Sesenta y siete años después, la isla sigue desangrándose por la misma herida, y esta semana la Asamblea General de la ONU volvió a decirlo con una cifra que a estas alturas cansa: 136 votos contra 9.

La cifra es predecible, pero queda una pregunta pendiente: ¿de qué tamaño es la culpa de cada quien? Porque la respuesta común —"el régimen también falla"— es cierta y es trivial, y sirve sobre todo para no mirar la asimetría real. No hay simetría posible entre una potencia que puede cerrar el grifo del petróleo mundial a una isla y una isla que administra, mal o bien, lo poco que le dejan administrar.

El embajador estadounidense en Nueva York, con el cinismo que la diplomacia moderna ha vuelto casi un género literario, dijo que no existe bloqueo alguno. Que el único embargo es el que el régimen impone a su pueblo. Es una frase hermosa por lo que oculta; convierte al verdugo en espectador. Este es el mismo gesto retórico del colonizador que, después de quemar la cosecha, pregunta por qué el campesino no cosechó.

Cuba vivió del comercio. Se le impidió comerciar. Y entonces, huérfana de mercado, buscó otro padre: primero la Unión Soviética, la retórica antiimperialista después, la resistencia siempre. Que ese padre sustituto haya sido autoritario no cambia el diagnóstico original. Esta fue el hambre de mercado, no una vocación totalitaria innata lo que empujó a la isla a los brazos de Moscú. El comunismo cubano, en ese sentido, es menos ideología fundacional que síntoma de un embargo. Es la cicatriz que se confunde con la herida.

No se trata de absolver. El aparato cubano tiene su cuota de responsabilidad —la ha tenido siempre, la tiene hoy con GAESA y sus dieciocho mil millones opacos—. Pero la pregunta moral no es "¿es Cuba inocente?" sino "¿quién tiene más poder de daño y lo ha usado durante más tiempo?". Ahí la respuesta no admite empate. Un país de once millones de habitantes no puede ser el actor principal de su propia asfixia cuando el actor con la llave del oxígeno vive a 150 kilómetros y lleva sesenta y siete años decidiendo cuánto aire entra.

Trump, en mayo, dijo que "tomaría Cuba casi inmediatamente". La frase no es una ocurrencia sino la sinceridad brutal de un imperio que ya no necesita disfrazar de doctrina

Monroe lo que siempre fue apetito. El bloqueo naval, el cerco energético, los camiones de basura varados por falta de combustible en las calles de La Habana, no son la consecuencia de un régimen fallido, es el diseño deliberado de un régimen fallido. Se produce la escasez y luego se cita esta misma como prueba del fracaso propio del sistema que la sufre. Es un argumento circular con forma de arma.

Cioran decía que toda víctima termina pareciéndose a su verdugo. Cuba, después de seis décadas de cerco, se parece cada vez más a la caricatura que Washington necesita de ella. Esta semejanza no es prueba de culpa original, es prueba de eficacia del cerco. Al imperio no le basta con someter; necesita que la víctima, al cabo de suficiente tiempo, empiece a merecerlo.

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Jesús Antonio Mendoza
  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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