Las máquinas suenan. Los tubos cumplen su función: tener y dejar. El trabajador mismo es un tubo… ¿o no? ¿Sabe, si quiera, qué es? Amelie Nothomb, en su Metafísica de los tubos, intenta responder a esta pregunta mediante una niña auto deificada. Por otra parte, la filosofía existencialista, en especial Sartre, nos pregunta: ¿Cómo puede elegir el proletario, si está en la fábrica doce horas? Imposible, produce para otros. Su tiempo no le pertenece. Y sin embargo, Sartre insiste, está condenado a elegir. La libertad no se suspende porque la máquina ruga.
Ante esto, Nothomb llega y sonríe, cruel, sombría, con una penumbra ante la cual Sartre busca linterna. Dice: nunca elegiste nada, estabas en el tubo, eras un tubo. El mundo te hizo, tu libertad es un cuento que viniste a creer después. Antes no había elección, había forma, y claro, sin consciencia. Amelie no era nada. Ni siquiera estaba ahí para sufrir su no-existencia.
Ambos tienen razón. Aquí está el problema: no sabemos cómo vivir con ambas verdades. Aun así, lo que ninguno de los dos articula es que nuestra esencia no nos la da la libertad abstracta de Sartre. Tampoco nos la quita la determinación total de Nothomb. Nos la da el oficio —lo que hacemos, cómo lo hacemos. El acto deliberado, aunque sea minúsculo, es una forma de resistir aquella en la que nos modelaron.
Un obrero que se rehúsa no está descubriendo una libertad oculta dentro de sí. No está tampoco negando que el tubo lo hizo. Está haciendo algo más modesto y verdadero, está actuando contra la forma que recibió. Su esencia ocurre en ese momento. En la negociación, en el no. En la pequeña insurrección diaria de quien dice que esto no es suficiente, aunque sepa que mañana volverá a la máquina. Un periodista que publica lo que le prohibieron no es libre en el sentido sartreano. Pero tampoco es nada en el sentido nothombiano. Es alguien que ejerce su ser mediante la acción. Su oficio es su acto de existencia. Ocurre ahora. No después.
Amelie en el tubo era nada. La escritora se diagnostica con una precisión que roza lo obsceno. Pero cuando sale—cuando comienza a actuar, aunque sea torpemente, aunque la sociedad que la formó sea la misma que la presiona ahora—comienza a ser algo. No algo previo que descubre. Algo que crea mediante el acto. Aquí viene lo que ninguno dice claro: la sociedad que nos fabrica, que nos mete en el tubo, que nos hace proletarios, también nos ofrece, casi como una burla, la única posibilidad de existencia real. Que es actuar contra ella. Resistir. Negarse.
No es esperanzador. No es noble. No hay redención aquí. Hay solamente la verdad de que somos lo que hacemos, y lo único que podemos hacer es resistir la forma en que nos hicieron. Sartre se equivoca al creer que podemos elegir en el vacío, como si la máquina fuera un escenario neutro. Nothomb se equivoca al creer que el tubo es permanente, que una vez fabricados estamos hechos para siempre. La verdad es más estrecha, y más incómoda: somos exactamente lo que decidimos hacer con las cadenas que nos dieron. Con el oficio que nos asignaron. Con el trabajo que nos consume. Esto es todo lo que tenemos. Quizás, no es mucho, pero es la diferencia entre ser nada y ser alguien.