Política

Francisco I. Madero: espejo de México

La revolución aún tiembla. El Cerro de las Noas aún esconde casquillos. La bola de cristal aún refleja a Juárez con consejos delirantes. El Ápostol de la democracia, Francisco Ignacio Madero, decide perdonar a sus enemigos. Meses después, es asesinado de una ráfaga fuera del Palacio Nacional. Ahora, solo le recordamos mediante estatuas, libros de texto y delatoras memorias de un pasado heroico. Pero, ¿qué pasó en el medio? ¿Qué fue la revolución? ¿Qué llevo a Madero a perdonar a aquellos que terminaron asesinándole?

Recordémoslo: el presidente rezaba el rosario con su madre y consultaba a los espíritus por las noches. No hay contradicción ahí, o al menos él no la sentía: el catolicismo era la forma pública de una fe que, en privado, hablaba con mesas que giraban con el espíritu de un hermano muerto. México ha hecho lo mismo desde siempre —el santo y la Santa Muerte, la Virgen y el brujo del mercado, la misa del domingo y la limpia del martes. Madero no inventó esa duplicidad religiosa; la heredó, la vivió sin culpa, y terminó gobernando con ella.

Es lo mismo con la confianza. Los perdonó; dejó libre a Bernardo Reyes. Mantuvo a Victoriano Huerta al mando del ejército que después lo traicionaría en los diez días de febrero. No fue ingenuidad sino algo más mexicano que eso: la certeza de que basta con dar la mano, de que el gesto noble desarma al enemigo, de que la buena fe se contagia. Esta misma certeza es la que sostiene cada compadrazgo, cada palabra empeñada sin contrato, cada "n'ombre, no hay problema" que después, en efecto, sí es problema.

Finalmente, la familia. Ernesto Madero en Hacienda. Rafael Hernández en Fomento. Gustavo, el hermano tiranezco, sombrío y asesino, operando en las sombras del poder legislativo y financiero. El gabinete maderista parecía más una comida de Nochebuena con carteras repartidas que un gobierno. Esto tampoco es una anomalía; esto es la lógica del país que Madero encabezaba, donde el mérito compite siempre con el apellido, y casi nunca gana.

Madero no fue solamente un apóstol traicionado. Fue, antes que nada, un espejo fiel de una nación que reza y consulta espíritus, que confía hasta la ingenuidad y calcula hasta el nepotismo, que ama a sus santos y protege a los suyos por encima de cualquier principio. Lo mataron no por ser distinto a México; lo mataron, tal vez, por parecérsele tanto que ni siquiera él pudo ver venir la traición que su propio país ya llevaba dentro.

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Jesús Antonio Mendoza
  • Jesús Antonio Mendoza
  • Estudiante de Derecho en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Colaborador en la sección de literatura de Telediario Radio y El Supuesto, periódico universitario del ITAM.
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