En un mundo poblado de fantasmagorías, Érika pregunta a don Carlos, su bisabuelo, quien asume la forma del Viento, cómo nació el beso, dónde y quién lo hizo surgir, cómo alcanzó la entidad y la gravitación que tiene ahora. Antes de llegar a la respuesta, el Viento emprende un largo recorrido por mundos ajenos a la razón convencional consecuentemente habitados por seres con facultades muy distantes a las humanas.
Esos seres han sido asimismo bautizados con nombres de un exotismo casi impronunciable, personajes que se mueven en orbes de fábula igualmente instalados en una toponimia con difíciles ecos de náhuatl. Esto es, muy grosso modo, Narraciones del viento. El beso, obra del escritor José Carlos Mireles Charles.
Nacido en Monclova, Coahuila, en 1947, Mireles Charles estudió y dio clases en la UA de C. Ha publicado, entre otros, Alianzas íntimas (1989), Más grande que la razón (1990) y Los poetas (1997). Al recorrer las páginas de Narraciones del viento encontramos de entrada que no se trata de un relato convencional, ubicado en los bastidores imaginativos más o menos habituales en nuestro entorno literario. Muy al contrario: el autor monclovense se aparta con total libertad de los derroteros comunes y crea una historia que se multiplica en varias historias, todas arracimadas en la más pura fantasía.
No es un libro de trama sencilla. De hecho, tengo la sospecha de que su almendra está en otro lugar, no en la historia en sí, no en el qué sino en el cómo. Es pues una especie de laberinto de espejos en el que sin freno, vertiginosamente, se abren y cierran accesos hacia realidades más cercanas al mundo del onirismo que al racional. El recorrido es entonces un chisporroteo de secuencias que parecen basadas en la técnica de la creación automática atribuida a los surrealistas. Los personajes entran y salen libérrimos, subvierten la realidad y las capacidades a las que estamos acostumbrados, todo envuelto en una pátina aneblada, distante, autónoma.
Dije ocho líneas arriba que la vértebra en Narraciones del viento. El beso, está en el cómo y no tanto en el qué. Con esto deseo significar que se trata de un río verbal en el que fluye, más que nada, poesía. En efecto, párrafo tras párrafo asistimos al fuego de lo poético. Todo lo que van tocando las palabras de Mireles Charles se torna vaporoso y musical. Su lector modelo es, en suma, un lector que ya casi no hay: aquel que confiere la totalidad de su eficacia al magnetismo de la poesía y no repara mucho, o repara menos, en el qué.