El lunes fue un día especial en el mundillo editorial mexicano.
De golpe se desató una ola de opiniones alrededor de la noticia, ciertamente triste, de que la editorial Era bajará su cortina dentro de muy poco.
Según su comunicado oficial, el mercado, o la falta de, provocó números rojos en sus cuentas y derrumbó sus ingresos y su sostenibilidad.
Un año después de la pandemia, la situación, parece, ha abierto un boquete que hace inexorable el hundimiento de la nave. Saber esto provocó que muchos lectores y escritores mexicanos expresaran su consternada opinión, y yo mismo me sumé a tal coro.
La razón de las lamentaciones entre lectores y escritores es justificada. Hablo por mi experiencia, seguramente similar a la de mis contemporáneos.
Cuando abrí los ojos a los libros, a principios/mediados de la ochenta, las editoriales más identificables por un lector de La Laguna eran las mexicanas más famosas como Porrúa, el Fondo, Trillas, Joaquín Mortiz y extranjeras como Planeta, Bruguera y Sudamericana. Entre las nuestras, como un sello más chico aunque importante, estaba Era.
Su notoriedad se debía no tanto al número de sus publicaciones, sino a la calidad de su catálogo.
Entre algunos autores extranjeros, Era reunió varias de las firmas que poco tiempo después se convertirían en clásicos modernos de nuestra bibliografía.
La solvencia de los contenidos se apoyó asimismo en la belleza de sus continentes. Los libros de Era aparecían diseñados de acuerdo al gusto de Vicente Rojo, artista que sin duda añadió a los libros que pasaron por sus manos un estilo poco visto en el mercado mexicano.
El debate de las redes tuvo, por todo, el denominador común de la sorpresa y el lamento, y la explicación sobre el cierre se dividió en dos grandes bandos: el primero, que achaca a la misma editorial errores de adaptación a los nuevos tiempos que corren para el libro; y el otro, que subraya la emergencia atroz de un público al que le interesa un rábano leer.
Yo ignoro qué pasó, pues me queda muy lejos el jet set editorial mexicano.
Lo único que puedo concluir es que Era, como hace poco Ediciones de la Flor en la Argentina, deja un hueco enorme que no sé quién podría llenar, si es que tal salvataje fuera posible en estos tiempos de nubarrones para el libro.