En un soneto de Borges, no el más famoso, la voz poética imagina durante los primeros versos una posibilidad de encontrarse con el ser amado.
Pocas líneas más adelante sobreviene la fea realidad: “Esas cosas no son”, dice, y después confiesa:
“Otra es mi suerte”. Entre lo que sí tiene todos los días, ciertamente menos valioso que la posesión imposible del ser amado, es “el abuso de la literatura” y la certeza de que morirá tarde o temprano, como cualquiera.
La expresión “el abuso de la literatura” mueve a pensar en lo que significa insumir literatura en un mundo que jamás la apreció mucho y que para agravar la situación poco a poco se ha vuelto más pragmático, más vinculado a tareas y habilidades que, a diferencia de la literatura, buscan convertirse sin subterfugios morales en dinero.
En el universo del éxito no es muy común que aparezcan los escritores serios, aquellos que dicen no venderse.
“El abuso de la literatura” es, creo, por ejemplo, leer mucho. ¿Qué beneficio inmediato arroja esta práctica que no sea el espiritual?
Se podrá decir que, tal vez, quien lee un libro literario tiene en términos prácticos un conocimiento que luego puede intercambiar, convertir en moneda de cambio en cursos o reseñas, pero afirmar esto no deja de ser una idealización demasiado optimista y una conversión del acto puro de leer en una chambita.
“El abuso de la literatura” se ha convertido en muy pocos casos en estabilidad material.
Leer o escribir mucho no se traduce ni a corto ni —mucho menos— a largo plazo en tanque de oxígeno para quien abusa de las dos actividades.
Al contrario, las dos suelen sumarse a las que ya de por sí soporta el sujeto literario, pues por defender su abuso de la literatura termina manteniendo la lectura y la escritura como quien mantiene estómagos voraces e improductivos.
En este escenario, quien decida el camino de la literatura y su abuso sostenido debe contar con un escudo para guarecerse de la frustración, alimaña que siempre acecha, sobre todo al término de cada mes, cuando llegan las cuentas por pagar.
Quien no lo haga puede terminar en un pozo hondo y oscuro.
Ahora bien, y esto es curioso y paradójico, allí abajo sólo podrá defenderse con aquello que lo hundió: el abuso de la literatura.