La economía mexicana ha dado muestras importantes de resiliencia y repunte en medio de un concierto de incertidumbre internacional y de la desaceleración de los motores latinoamericanos. En el tercer trimestre de 2026 México creció 3.2 por ciento en comparación con el mismo trimestre del año pasado, con lo que suma su tercer trimestre consecutivo de crecimiento, de acuerdo a los datos de la estimación oportuna del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Lo curioso: el repunte se da cuando las economías latinoamericanas se están frenando.
Precisamente, mientras los pronósticos para América Latina se recortan, el de México mejora. De acuerdo a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la economía latinoamericana tendrá un crecimiento de 2.0 por ciento en 2026, en tanto las proyecciones para México son de 1.6 por ciento. A principios de año, el pronóstico latinoamericano era de 2.3 a 2.4 por ciento de repunte previsto para este año, mientras que el mexicano llegó incluso a estimar que podría darse un crecimiento cercano a cero. Sin embargo, pese a la notable mejoría, la economía mexicana sigue estando por debajo del promedio latinoamericano, lo mismo que en los últimos años.
La cuestión interesante es que las señales de dinamismo en México pintan un escenario de recuperación en el cual se pueden mejorar números poco favorables, como el de la generación de empleos o la mejoría de los ingresos para, al menos, una parte de la población. Hay que recordar que en promedio se requieren de 1.2 millones de nuevos puestos de trabajo al año pero que en 2026, ni en el mejor de los casos, se alcanzaría tan siquiera la mitad de dicha necesidad. Pero tampoco es una situación nueva: en los últimos treinta años el crecimiento ha sido insuficiente y, por lo tanto, la creación de puestos de trabajo también.
Que el consumo interno y las exportaciones, fundamentalmente hacia Estados Unidos, se recuperen representa no solo una buena señal para el presente sino para mejorar las proyecciones. Lo interesante no está en pensar que con buenos indicadores de coyuntura se está generando una tendencia sino que este repunte se da en medio de las mismas incertidumbres que hicieron que las economías se vayan frenando: la guerra comercial, las consecuencias económicas de las guerras, los aranceles, el encarecimiento del petróleo y los alimentos.
La gran pregunta está en cómo se utilizará este dinamismo para generar una tendencia que permita crecer más y mejor, a pesar la incertidumbre y el contexto internacional poco favorable. ¿En qué se debe invertir y qué estrategias hay que aplicar para no desaprovechar el momento? Cuando planteamos estas preguntas siempre volvemos al problema de los motores internos que carecen de impulso propio y que, precisamente por eso, suelen fallar cuando los vientos soplan en contra. Me gustaría ver estrategias mexicanas y latinoamericanas para planificar economías más fuertes, más dinámicas y menos dependientes de lo externo.