Política

Pelea de inválidos

Entre conciertos y amores en conflicto, la guerra declarativa del alfarismo contra el Grupo Padilla que controla la administración de la Universidad de Guadalajara arreció desde el viernes pasado. Ello evidenció las carencias de los distintos actores de esta novela jalisciense que parece no acabará hasta 2024.

Enrique Alfaro volvió a demostrar su mecha corta. No es de sorprender, el gobernador siempre ha lindado entre la soberbia y el desdén hacia quienes contrastan con su estilo de gobierno. Lo hizo desde aquel famoso viaje a Cuba, hasta sus últimos días como alcalde de Guadalajara. La guerra con Raúl Padilla y su grupo de control ha puesto en el reflector dicha actitud, magnificada por la pésima relación que lleva con cuadros periodísticos locales a los que se sumó la comentocracia nacional ávida de clicks en sus redes sociales.

Se agradece que se hagan obras para una universidad donde hay instalaciones donde ni siquiera hay papel higiénico para los alumnos -ya no digamos bibliotecas con goteras, pupitres en estado atónito, maestros mal pagados y alumnos sin herramientas adecuadas-, pero el pleito ha causado actitudes poco elegantes del poder estatal.

Tan poco elegantes como la comunicación digital de maestros, directivos y personal de la universidad. El disenso es necesario en una sociedad, urgente en una confrontación como la que viven, pero -solo para ejemplificar- solo revisar la cuenta de Twitter del directivo del CUValles que se sintió “amenazado“ por Alfaro para ver su opinión y conversación. No es de sorprender los gritos mientras el gobernador realizaba su video: es el mismo tono de una inmensa cantidad de posteos digitales.

Cierto, el pleito no es solo por dinero sino también por poder. Ricardo Villanueva niega que se hayan negociado posiciones de administración pública -magistrados y funcionarios- a cambio de la tranquilidad de la universidad. Sería adecuado que Enrique Alfaro aclarara quién fue el propio que sugirió ese intercambio entre el gobierno y el grupo del Licenciado Padilla.

Una cosa es cierta, el nombre de Raúl Padilla pareciera que no existe en gran parte de la comentocracia jalisciense, el temor a no entrar en los planes futuros es patente. Es inentendible que no haya una discusión paralela al conflicto económico sobre el conflicto político y la presencia tan potente de un ex rector, solo equiparable con el poderío que tuvo Sosa en la Universidad de Hidalgo y que no acabó nada bien.

Entiendo que son tiempos distintos para la prensa, donde se ha tenido que torear con otros gobernadores que tienen ese tipo de confrontaciones de igual o mayor calibre. Ramírez Acuña o González Márquez tenían ese tipo de exabruptos o peores: Emilio quiso arreglar las cosas con Padilla luego de una noche intensa y llegó hasta su puerta a cantarle serenata, y Ramírez Acuña estaba más cerca del autoritarismo con su visión de orden que cercenaba el divertimento de jóvenes.

Pero aquí el conflicto continuará para gusto del círculo rojo tapatío que, entre tanto dime y direte, pierde de vista las verdaderas preocupaciones locales y nacionales. Así como la prensa jalisciense omite hablar de Raúl Padilla -lo que no suena lógico…-, tampoco aborda el control territorial del Cartel en zonas amplias del estado, como Ameca, donde la verdadera amenaza no es que pidan medir palabras, sino la desaparición.

Es una pelea de inválidos, no por discapacidad, sino por no contar con la validez de sentirse víctimas. Ambas partes tienen armas, dinero y poder. Con ellas pelean mientras el ciudadano común sortea solo cómo subsanar las necesidades actuales de la educación superior en la zona.

Que no se nos olvide eso.

Gonzalo Oliveros

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