Política

Mitocracia

Es notorio que vivimos en un régimen donde por encima de la eficiencia rige la mentira como método de construcción de poder. Siendo honestos, no sólo es un camino ejercido por la administración actual en México, sino que se extiende en territorios donde el autoritarismo gubernamental necesita de mitómanos profesionales para sobrevivir.

Tan sólo revisemos la última semana para comprobar la hipótesis.

Durante dos meses, todas las autoridades mexicanas negaron responsabilidad en el derrame –uno de los cuatro que han afectado en el año el Golfo– que llegó a contaminar las playas de Veracruz. La gobernadora Nahle –esa fina política que llegó a la costa al ritmo de la Marcha de Zacatecas– inventó pretextos y hasta barcos fantasmas que serían los responsables. En el colmo del cinismo propagandístico, los monigotes que contratan dentro de la central propagandística de Palacio intentaron endosar a los medios –en realidad, solo a Televisión Azteca– el cargo de la debacle económica de la temporada por reportar las condiciones de las playas veracruzanas.

El jueves pasado, Pemex y la Secretaría de Marina aceptaron lo que todos sabíamos: el gobierno era responsable del derrame.

No hubo mucho tiempo para poder cuestionar a la Presidenta que ella misma hubiera entrado en el círculo de falsedades porque apenas regresó de su reunión con los súper amigos de Cuba en Barcelona, los esfuerzos se centraron en hacer malabares para no complicar aún más la relación con los Estados Unidos tras la muerte de dos agentes de la CIA que participaron en un operativo en Chihuahua.

Las mentiras en este caso salen de todos lados. Del gobierno del Estado, la fiscalía y, claro, el gobierno federal. La presencia de agentes norteamericanos en territorio nacional echaría por tierra la insistencia del gobierno de México sobre la no participación de los Estados Unidos en operaciones de combate al crimen organizado en nuestro país.

La Caja de Pandora que eso abriría extendería sus efectos hasta el operativo de captura de Nemesio Oceguera o, incluso, lo turbio de la salida del país de Ismael Zambada.

A esta sarta de mentiras semanales –apenas de una semana–, agreguen la revelación sobre el hostal de lujo que le consiguió Marcelo Ebrard a su hijo en Londres.

El mayor problema de todo el caso es cómo el secretario de Economía lo admite frente a la Presidenta y ella ni se inmuta tras la revelación. Una confesión de peculado que pasa por alto como si no hubiera sido un escándalo.

A nivel local, Candelaria Ochoa hace lo propio. La diputada de Morena salió por fin a aclarar cómo se hizo de cuatro casas declaradas de forma oficial. La explicación se llenó de imprecisiones y opacidades, incluida aquella donde dice que una de dichas casas no es suya aunque esté a su nombre. Mentirosa o prestanombres, pues.

Cuatro casos graves en menos de una semana. No es normal en una democracia.

Lástima que cada día esto es más lejano a la democracia que todos queremos.


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Gonzalo Oliveros
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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