Gil no había visto una defensa más enjundiosa que la que el Presidente de la República hizo de Pedro Salmerón. La canciller de Panamá ya había anunciado que la Secretaría de Relaciones Exteriores de México había recibido un comunicado. No dijo más Érika Mouynes, pero no dijo menos. Al día siguiente el historiador de primera, Salmerón Katz, que así se llama, dio “un paso de costado” y pasó a la dimensión de los rechazados en el mundo de la diplomacia. Por cierto, no hay humillación mayor en ese universo que la negativa de un país a dar el beneplácito a un embajador. Salmerón lo logró. Felicidades.
El Presidente, decía Gilga, montó en cólera, ese caballo recio, y le dijo inquisidora a la canciller panameña, acusó a los conservadores, declaró su admiración por el historiador Salmerón Katz y rápido y furioso dijo que este hombre acusado por veinte mujeres de acoso sería su asesor. No sólo eso sino que le ofreció escribir la historia de los fraudes electorales en México.
Liópez Obrador insiste en que Salmerón es un gran historiador, en especial un investigador del origen y conformación de la División del Norte. Ya, Taibo, no se ponga mal, la última vez le impedimos que se defenestrara, pero los conservadores no podemos protegerlo todo el tiempo. Defender a una persona, una idea, una cosa, implica un compromiso muy serio. ¿Y si resultara que de las veinte denuncias de acoso que pesan sobre Salmerón alguna fuera cierta, qué diría el Presidente? Diría que la realidad es conservadora. ¿Apuestan?
Ahora mal sin bien: ¿qué fue de esa diplomacia en la que Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol y tantos otros escritores e intelectuales representaban a México? Jorge Castañeda nombró en el sexenio de Fox a decenas de escritores en embajadas, hombres y mujeres de fuste y fusta. Con la pena de que como muchas otras cosas esa diplomacia desapareció, hasta nuevo aviso.
Jesusa, a escena
Gil pensaría que después de Salmerón nada podría empeorar un nombramiento diplomático. Se equivocó. El Presidente ha propuesto a Jesusa Rodríguez. Virgen santa. Ella ha sido una activista no histórica sino histérica, o como se diga. Participó en aquel vergonzoso bloqueo de Reforma en la Ciudad de México y luego se adentró en la locura: inventó unos hombres de maíz, cantó, bailó, hizo actos inconcebibles para una mente más o menos lógica, y el azar, la grilla, y la ambición la convirtieron en senadora.
Elena Poniatowska admira a Jesusa Rodríguez (ya devuélvanle su cuadro). Durante algún tiempo también Monsiváis le dio su lugar en el mundo cultural, como solía hacerlo Monsiváis, a telefonazos. La verdad es que Jesusa realizó puestas en escena interesantes, para que más que la verdad, pero la ansiedad de reconocimiento enloquece al más puesto. Ahora los panameños tendrán que escuchar con estupor los discursos enfebrecidos de Jesusa que se acercan a la sicosis. En serio, Jesusa es una fronteriza. La verdad, el Presidente tiene poca cosa en el dugout: cartuchos quemados, escritores de medio pelo, investigadores rencorosos. Qué venga a la loma de los compromisos Salmerón. Señor, nunca ha picheado y dicen que es mano larga. Pues entonces Jesusa. Señor, dicen que se volvió loca. Va a sembrar maíz en la tierra del diamante. Usted es un conservador. No, señor, perdóneme, por favor.
Historiadores
Gilga ha dicho hasta el cansancio que el Presidente desprecia el conocimiento, o más aún, se siente amenazado por él. Sólo así puede entenderse que considere a Salmerón un historiador de primera línea en un país de grandes historiadores. Veamos con quien podría comparar el Presidente a Salmerón: ¿con Luis González y González, con Daniel Cosío Villegas, con Edmundo O´Gorman, con Enrique Florescano, con Jean Meyer, con Enrique Krauze, con Héctor Aguilar Camín? Y entre los que hacen su obra en estos días: ¿con Claudio Lomnitz, Mauricio Tenorio, Rafael Rojas, Rodrigo Martínez Baracs, Antonio Saborit? Cualquiera de ellos y otros que Gamés no cita de momento se reiría de la obra Salmerón. El Presidente se ha equivocado una vez más. El poder y la necedad a veces se encuentran en la línea del horizonte.
Todo es muy raro, caracho. Como diría Chesterton: “Uno de los extremos más necesarios y más olvidados en relación con esa novela llamada Historia, es el hecho de que no está acabada”.
Gil s’en va
Gil Gamés
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