Política

Julio Scherer

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Julio Scherer García murió en 2015. La unanimidad, esa flor rara, rodeó sus funerales con la corona de la admiración. En estos días cumplió cien años de su nacimiento y la prensa recuperó algo de su figura definitiva en nuestro periodismo. Si Pitágoras no miente, hace once años, Gilga se acercó a sus libreros y echó mano de uno de los libros más apreciables de Scherer, páginas de un memorialista importante que supo retratar una época: Vivir, publicado por Planeta en el año 2012, la historia de un viejo periodista irrepetible. Gil se anima a recoger esos subrayados de quien fundó el periodismo moderno mexicano.

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Fui reportero de Excélsior y me casé con Susana. Como periodista me sentí trastornado cuando vi publicada mi primera nota en el diario. Me soñé cazador de especies inauditas, las exclusivas desplegadas a ocho columnas. El día que contraje nupcias con Susana, torpe como lo he sido desde mi nacimiento, extravié el anillo de casado. Susana lloró y tiró su argolla. Ella me preguntó si la pérdida no sería un mal augurio. Le dije que no, que anunciaba nuestra libertad.

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Los años como reportero de Excélsior los viví en armonía con la máquina de escribir. Muy joven conocí la revuelta de Guatemala, la Casa Blanca en el despliegue de su poder (…) En las andanzas iniciales como periodista, ávido de mirar y sentir antes que pensar, me propuse conocer el frío y en compañía de un compadre millonario, Agustín Torres Águila, viajé a Rusia en el invierno de 1959, la temperatura a diez grados bajo cero. Pretendí entrevistar al primer ministro Krushev y no llegué más allá del último ujier. Era la época en que Stalin permanecía esculpido hasta las fronteras del imperio tártaro.

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La mano ruda de don Rodrigo de Llano también me impulsaba en México. A través del subdirector del diario, don Manuel Becerra Acosta, ordenaba que cubriera la información de los ciclones que, en los meses de septiembre, asolaban nuestros litorales.

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Manuel Becerra Acosta Ramírez, hijo de don Manuel, Alberto Ramírez de Aguilar y yo teníamos una relación contradictoria. Discrepábamos frecuentemente y a la vez emprendíamos cosas conjuntas. Las circunstancias nos habían colocado en situación peculiar. Manuel cumplía con las crónicas del Senado y yo con las de la Cámara de Diputados. La rivalidad cotidiana nos hacía querernos.

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Manuel fundó Unomásuno en 1977 y renunció al diario en 1989. Optó por el exilio a cambio de un millón de dólares y se marchó a España. El dinero se lo entregó Fernando Gutiérrez Barrios, en esa época secretario de Gobernación. La entrevista que cuenta estos pormenores la escribió Carlos Marín. Proceso la publicó el 2 de octubre de 1989.

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En mi primer encuentro con Díaz Ordaz recibí el golpe de una acusación extrema: era yo, a su juicio, un traidor a México. A partir de entonces no volvería la tranquilidad a Reforma 18. Una campaña sistemática buscaba el desprestigio del diario. Nos acostumbramos a la descalificación.

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El último trabajo antes de ascender a la dirección de Excélsior fue en Praga, su “primavera”, la vuelta a la democracia sin un disparo, la revolución de terciopelo (…) Cuatro meses después sería elegido director de Excélsior. Estábamos a 15 días del 2 de octubre, el mundo mexicano se descomponía. El escritorio de don Rodrigo del Llano y don Manuel lo veía inmenso. Abrí desde el primer día las ventanas del balcón del tercer piso que daban al Paseo de la Reforma. Me descomponían los gritos de “prensa vendida”, consigna con la que las marchas estudiantiles increpaban el edificio de Reforma 18. Sentía su cólera. Pero miraba y escuchaba. Fresco el aire, en el balcón solía platicar con los reporteros.

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Luis Echeverría llegó al poder y al final del sexenio dio el manotazo que acabó con Excélsior. A la distancia recuerdo la asamblea que a muchos nos echó a la calle. Me veo a mí mismo y apenas me conozco. Soy yo y no soy yo. De entonces a la fecha la vida ha cobrado una velocidad que se dispara y que no podría imaginar que tan lejos llegaría.

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Veo a Vicente Leñero al lado de Gastón García Cantú y los imaginé unidos para siempre; veo a Elena Guerra, los ojos secos y el alma inundada; veo a Bambi con su pequeña bolsa de mano que ocultaba en su interior una pistola calibre .22. Vi a Ángel Trinidad Ferreira, compadre desde la primera semana que nos conocimos, bailarín, pitcher, jugador de dominó, invencible en el pleito callejero.

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Proceso nació el 6 de noviembre de 1976, aún bajo el gobierno de Luis Echeverría. En la portada apareció mi nombre con el título de director general, una dolorosa remembranza de Excélsior.

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Gil transcribió esta frase de Tomás Eloy Martínez: “De todas las vocaciones del hombre, el periodismo es aquella en la que menos lugar hay para las verdades absolutas”.


Gil s’en va


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Gil Gamés
  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
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