Política

Primeras damas

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  • Gerardo Hernández

Cuando en el barrio de mi infancia corrió la noticia de que el presidente pasaría cerca de casa, un enjambre de niños corrió hacia el bulevar Independencia y ocupó la acera de la residencia de don Ernesto Bredee. Al cabo, desde la ventanilla de un autobús, Gustavo Díaz Ordaz saludaba sonriente. Nosotros aplaudimos gustosos. Era nuestro presidente; para mí, másahora, uno de los mejores, a pesar de Tlatelolco, donde otrasmentes fraguaron la masacre de estudiantes y civiles. Después vinieron devaluaciones —de la moneda y del gobierno—, carestía, corrupción y pérdida de autoridad, por omisión o por renuncia.El caos.Dudo que hoy losjóvenes y niños salgan voluntariamente a saludar alpresidente y su comitiva, con la emoción y el fervor de mis años infantiles; y si lo hacen, es para protestar e insultar, como le pasó a Salinas de Gortari en San Pedro y Francisco I. Madero, donde incluso le lanzaron líquidos y proyectiles. Los presidentes se han distanciado del pueblo por miedo al mundo real, pues ellos habitan otro cuyo acceso es restringido; para protegerse de la prole y sentirse amados, solo acuden aauditorios dóciles donde los acarreados forman parte de la escenografía.Las esposas de los jefes de Estado y de gobiernode los años evocados eran dignas de ser llamadas primeras damas: doña Guadalupe Borja de Díaz Ordaz, discreta y sobria, atenta a sus responsabilidades en el Instituto Nacional de Protección a Infancia (INPI). Hoy el DIF, por querer abarcar mucho, no comprende nada. Ya como reportero principiante, cubrí varias giras de doña Esther Zuno de Echeverría por ejidos laguneros. Mujeres, hombres y niños salían de sus casas para caminar por calles polvorientas junto con la distinguida visitante.Cuando el grupo ya era numeroso, “la compañera Esther” invitaba al líder campesino Arturo Orona y a quienes la seguían a cantar el Himno Agrarista, compuesto por J. Cortazar y musicalizado por Lorenzo Barcelata: “Marchemos agraristas a los campos/ A sembrar la semilla del progreso/ Marchemos siempre unidos sin tropiezo/ Laborando por la paz de la nación/ No queremos ya más luchas entre hermanos/ Olvidemos los rencores compañeros/ Que se llenen de trigo los graneros/ Y que surja la ansiada redención/ Voy a empezar a cantarles/ La canción del agrarista/ Les diré muchas verdades/ Señores capitalistas (…)”.Las giras de Carmen Romano de López Portillo por La Laguna y otras regiones del estado eran, como ella, barrocas, ampulosas. En Acuña se derrumbó la pared de un hotel para introducir un piano de cola que al final no utilizó. Era la época —como hoy con las reformas— de una abundancia imaginaria, excepto para las cúpulas del poder, de las cuales Carlos Hank González, del Grupo Atlacomulco, pueblo donde nació Peña Nieto, era la figura prominente.El movimiento pendular de la política mexicana instaló después en Los Pinos a Miguel de la Madrid. Su esposa Paloma Cordero devolvió el honor a la investidura. Cecilia Occeli de Salinas sabía cómo se las gastaba su marido y actuó en consecuencia. Refractaria al poder, por hipócrita e inmundo, Nilda Patricia de Cedillo fue una gran primera dama, lo mismo que Margarita Zavala de Calderón, a quien la política le corre por las venas. Marta Sahagún se comportó como un auténtico chivo en cristalería.Y Angélica Rivera de Peña, tras su actuación en“Casa Blanca”, confirmó su papel de primera actriz.


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