“Una dinámica molecular que constituye unidades discretas cuyo resultado es el sistema mismo en el cual esos procesos se crean”, explicó el biólogo, epistemólogo y filósofo Humberto Maturana al definir su revolucionario concepto de autopoiesis (auto: a sí mismo; poiesis: creación), y dar cuenta de aquello que la biología del conocimiento o biología cultural, una ciencia de la complejidad iniciada por él, entiende como el atributo esencial de la organización independiente, de las redes cerradas de autoproducción que caracterizan a los seres vivos. Al hacerse de nuevo la pregunta básica ¿qué es la vida?, Maturana descubrió que lo esencial de los seres vivos es su autonomía, “sistemas tales que todo lo que pasa con ellos tiene que ver con ellos”. Lo externo no especifica lo que les sucede, sólo produce desarrollos cuyo origen está en su propia condición biológica, vital.
Vivir entonces no es una entelequia sino un proceso que va haciéndose en tanto sucede. No está previsto de antemano porque se realiza mientras acontece. Un ejemplo de ello es cualquier herida y su curación, milagroso fenómeno que constantemente está creándose, reparándose, manteniéndose y modificándose a sí mismo: autopoiesis.
“Poca ciencia aleja, mucha vuelve a llevar”, afirmaba el filósofo medieval Nicolás de Cusa, imbuido de la certeza primaria del cosmos como una totalidad autopoiética. Maturana comprendió desde la biología esa misma unidad cósmica y ontológica que otros antes formularon así: “El Todo en el Uno”. Prodigios colaborativos antes que competitivos, no máquinas integradas por la suma de sus partes sino organismos vivos que siempre son mucho más que la adición de ellas.
La muerte sobreviene cuando la autopoiesis cesa. Entretanto el vivir es un proceso creado en la interacción del ser vivo y su medio ambiente, entre su psicofisiología, entre su cuerpo/mente, su interior/exterior.
Fernando Solana Olivares