Dicho como los clásicos latinos dicen que hay que decir: in media res, a la mitad del tema. El último contra-canto de Bob Dylan concluye una época, un sistema mundo. Quien lo hace es el poeta, aquel que con la palabra alcanza sortilegios y custodia la memoria común, el discurso de todos (los poetas son los legisladores secretos de la humanidad y su lenguaje constituye el sistema inmunológico del espíritu).
Juan de Jerusalén, otro poeta profético, escribió crudamente siglos atrás que cuando empezara el año mil que sigue al año mil la mirada y el espíritu de los hombres serían prisioneros, que tomarían las imágenes y los reflejos por la verdad del mundo, que estarían ebrios y no lo sabrían, actuando como corderos.
Dylan canta el epitafio y la respuesta. El epitafio: llegó al límite el paradigma occidental del individualismo, del rechazo de todo lo superior a los seres humanos, la decadencia de una civilización destructiva y fatigada. Los individuos, que ya estábamos encerrados en nuestras propias particularidades, ahora quedamos confinados en cuarentenas a un reducido espacio. Ya éramos solos, hoy nos encierran solos (o con otros tan solos como nosotros). La respuesta: contenemos multitudes.
No las contiene el yode cada cual, sino su atemperamiento, su episódica evaporación cuando contempla algo que no es él mismo proyectado, reflejado, repetido. Whitman, el poeta del cual Dylan toma la poderosa imagen, leyó a Santa Teresa: “Bienaventurado el Señor, que me libró de mí”. Esa entidad, el Señor, no es un quién devocional sino un algo referencial. Es como decir: “Bienaventurado el Campo Semántico Inagotable, que me libró de mí”.
Hoy el individuo está encerrado en su propia incertidumbre. La autorreferencialidad es el otro encierro: el yo moderno de Rousseau. En el infierno solo se quema el ego, dice el poeta. Contener multitudes, llamarse Nadie, ser Nosotros.