Cultura

El editor y el colaborador: La locura y las letras (10)

  • 30-30
  • El editor y el colaborador: La locura y las letras (10)
  • Fernando Fabio Sánchez

—Doctor Minor —dijo el psicólogo—. Veo un objeto filoso en su mano derecha, y percibo que, de un momento a otro, se ha llenado de ira.

El doctor Minor estaba en el rincón. Al escuchar, volvió su cabeza hacia el psicólogo, quien vio los ojos de Minor, enrojecidos, apresurados y azules como un remolino.

La barba roja le caía, ensortijada y triangular, como el follaje de un árbol.

Se encontraba agazapado, de espaldas y desnudo de la cintura para abajo.

Se negaba a mostrar el objeto de la mano derecha, el cual había anidado muy cerca de los genitales.

El psicólogo poseía una familiaridad con el cuerpo masculino. No sintió alarma al percibir las piernas peludas y musculosas del paciente; la línea de los glúteos y la bolsa de los testículos que caían.

“Es un cuerpo como muchos que he visto desde niño. Artistas han representado el cuerpo masculino con maestría. 

En la universidad, realizamos disecciones para comprender el funcionamiento del cuerpo”, pensó el psicólogo.

Aunque, al mismo tiempo, sintió preocupación por Minor, pues había llevado la navaja hacia el pubis y, como un escultor que prepara el martillo y el cincel, se preparaba para realizar una obra.

—¿Qué está pensando, doctor Minor? —le preguntó.

—Me da vergüenza —dijo el otro con ojos de humillación—. Ha robado desde siempre mi atención. 

Es un agujero de tiempo, un panal de pulsaciones y deseos. No me deja descansar.

—Es su propio cuerpo, doctor —dijo el psicólogo—. Fue formado en el cuerpo de su madre. Su padre también tuvo un pene.

—Es un bicho, una serpiente, la columna de todos los ángeles caídos —interpeló Minor.

—Son ideas personales que fue acumulando sobre su propia materialidad.

—No es cierto —dijo Minor con irritación—. La escritura lo dice.

—Es verdad que en su cuerpo no sólo hay ideas personales —aceptó el psicólogo—. 

Usted también define su cuerpo, utilizando ideas y conceptos de la colectividad; es decir, de aquellas historias, mitos e información que los otros, a lo largo del tiempo, fueron acumulando.

—¡Por ello es necesario arrancarlo de mi cuerpo! —gritó el doctor Minor—. Es el instrumento del pecado.

—Detenga sus intenciones, doctor —pidió el psicólogo—. Antes de actuar, considere que el relato de los hombres y mujeres es más grande, profundo y diverso que un solo libro. 

Lo que somos se extiende a los sueños, lo animal y el espacio exterior que nos rodea.

—Podría ser de esa manera —pronunció Minor—, pero ¿qué puedo hacer en el instante, cuando este miembro no me deja vivir el día con libertad? Me vuelve esclavo de sus deseos. Tiene su propia voluntad; inclusive, su propia biología.

El doctor Minor enderezó el cuerpo y, dejando caer las manos sobre los costados, giró. Había quedado de frente al psicólogo.

El psicólogo vio que una rama surgía del troco de Minor. 

Era un pedazo de carne que desafiaba los tabúes del arte, la religión y la decencia, aunque no a la ciencia ni a las definiciones materiales de la psicología moderna.

—Ha crecido desproporcionalmente —apuntó Minor—. Yo lo hecho crecer como a un árbol en un jardín. Es un monstruo, un leviatán, la presencia del mal.

—Es verdad, doctor, que a usted le tocó ser más proactivo y más excitable —apuntó el psicólogo—. 

Pero estoy seguro de que no es la primera vez que esto le sucede a un ser humano. Es una inercia fisiológica.

A usted le tocaría entender que ese pasado que lo habita debe adaptarse a las convenciones del presente. 

El pasado es mucho más extenso que el presente y el futuro, y de allí nace su complejidad.

—Voy a cortarlo de una vez por todas —advirtió Minor—. Ya me puesto un torniquete. Soy médico. Usaré esta navaja en vez de bisturí.

El doctor Minor respiraba agitadamente. Parecía que reunía fuerza para arrojarse a un precipicio.

—Su existencia, doctor Minor —dijo el psicólogo—, está conectada con la vida de sus ancestros y —añadió— también con la vida de sus predecesores.

Si usted no cambia la manera la manera en que entiende su propio cuerpo, dejará a sus ancestros en el infierno de esa definición y heredará, por lo mismo, una carga muy pesada a aquellos que vendrán.

Busque integrarse, doctor Minor, en vez de refugiarse en la mutilación.

—Es demasiado tarde —dijo el doctor Minor—. Me he deshecho de esta pesadez. Mírela —y mostró el pedazo de carne que se doblaba como una culebra—. 

Sólo el fuego podrá darle fin —y lo arrojó a las llamas de la chimenea.

Segundos más tarde, el doctor Minor gritó:

—¡Ayuda, ayuda!

El psicólogo vio rastros de sangre alrededor. Como si estuviera en un sueño, vio que un rio de sangre corría entre las piernas del doctor Minor.

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