Cultura

Ladrones: entre pinturas y diamantes

Un par de películas en tonos distintos que confluyen en la presentación de sendos amigos de lo ajeno, como se decía antes en las noticias, que buscan cometer sus atracos sin violencia, cuidando tiempos y movimientos, hasta que presumiblemente el plan no termina funcionando del todo y el resultado se deja al azar y a la improvisación. Mientras que la primera apuesta por un ritmo pausado que sigue más las decisiones que las acciones tomadas por el protagónico en constante crisis, la segunda inserta secuencias de acción con su buena dosis de angustia, entrelazadas con el desarrollo de los planes puestos en práctica: ambas, en sus respectivas racionalidades, terminan por construir de manera enfocada su sentido narrativo.

De arte

Dirigida por Kelly Reichardt (First Cow, 2019; Ciertas mujeres, 2016; Wendy and Lucy, 2008; River of Grass, 1994); con su distinguible y atrapante parsimonia, Mente maestra (The Mastermind, EU-RU, 2025) se mantiene en el mundo del arte como la anterior cinta de la realizadora, Showing Up (2022), pero desde otra perspectiva: no la de una creadora sino desde un ex estudiante de arte que atraviesa una situación económica difícil para mantener a sus dos hijos y decide robarse cuatro cuadros de Arthur Dove en el museo de Framingham, Massachusetts. Corre el inicio de la década de los setenta cuando se produjeron varios robos de arte con relativa facilidad, mientras que el clima político de los sesentas, en particular el movimiento antibélico, mantenía cierta presencia.

Mente maestra
Mente maestra


Para perpetrar el hurto, le pide dinero a su madre (Hope Davis, controladora), mientras que su padre, un juez, se mantiene distante (Bill Camp), al tiempo que no le dice a esposa (Alana Haim, poniendo límites) y contrata a un par de secuaces que entran al museo mientras él los espera en el coche y, ya con el botín, esconde las obras en un granero; pero los errores, sobre todo de uno de los cómplices, empiezan a provocar que el plan se desmorone: habrá que tomar otras rutas alternas. A partir de aquí, el relato empieza a generar una combinación de angustia y desesperación por las decisiones que va tomando el protagonista, atrapado en sus propios prejuicios y transgresiones con las que parece no poder lidiar.

Josh O’Connor está como mandado a hacer para interpretar al dubitativo y huidizo JB Mooney, quien trata de resolver su vida familiar y económica a través de las estrategias equivocadas, apenas buscando soluciones siempre provisionales, como ir a la casa de sus antiguos compañeros de la escuela de arte (Gaby Hoffmann y John Magaro) o tratar de desaparecer del mapa, mientras que trata de contactar a su esposa pero para pedirle dinero, suponiendo que podrá resolver el entuerto en el que está metido: una mezcla de idealismo, egoísmo y fantasía en la que el ladrón en fuga seguirá dando tumbos, siempre tratando de escapar hacia delante cuando más bien parece caminar en círculos.

Con un marcado énfasis en los colores pastel que refuerzan la tesitura de la película, se despliega un cuidadoso diseño de producción capturado por una cámara que apuesta por la quietud para dar pie al desarrollo de los sucesos, cocinados a fuego lento y a partir del mínimo de elementos necesarios retratados desde texturas deslavadas, mientras que un invasivo score jazzero de Rob Mazurek dinamiza las secuencias entre el frenesí contenido y los pasajes de de transición, como si de una síncopa impredecible se tratara. Un retrato reposado de un antihéroe que transita del absurdo al escape hacia ninguna parte.

De joyas

Un meticuloso ladrón de joyas (Chris Hemsworth, discreto) desarrolla sus atracos con milimétrica precisión, ayudado por un hacker, para después entregarle el botín a un hombre mayor (Nick Nolte) que se encarga de las ventas, hasta que tras una dificultad en un robo empiezan a tener desacuerdos, por lo que se involucra otro asaltante de carácter violento y errático con necesidad de reconocimiento (Barry Keoghan, hiperactivo), rompiendo la relación con el protagonista, quien empieza a planear otro robo en el que necesita involucrar a una corredora de seguros de alta gama (Halle Berry, resentida), mientras inicia una relación sentimental con una joven con la tuvo un accidente de tráfico (Monica Barbaro, paciente).

En tanto, un detective poco querido en el departamento policial (Mark Ruffalo, metido en el papel y tratando de mantener cierta integridad), salvo por su incrédulo compañero al fin tomando partido (Corey Hawkins), y en proceso de separación de su esposa (Jennifer Jason Leigh, breve), le sigue la pista al que llama el asaltante de la ruta 101, en su parte californiana, buscando ciertos patrones que de pronto sólo él descubre, incluyendo la planeación de un siguiente atraco que involucra a un millonario añoso (Tate Donovan) y la organización de su boda con una joven mujer (Andra Nechita).

Dirigida por Bart Layton, quien ya había explorado el drama delincuencial en la notable American Animals (2018) y en El impostor (2012), Caminos del crimen (Crime 101, EU, 2025) se apoya en un guion puntillosamente adaptado de Código 101, novela corta de Don Winslow integrada en el volumen Rotos (Harper Collins, 2020), al que quizá sólo le faltaría mayor énfasis en la idea de la carretera del título como ente vivo, tal como se elucubra en el texto literario, si bien los personajes tienen un arco redondo y consecuente, mientras que los ajustes realizados en términos de personalidades (como el millonario californiano en lugar de un iraní) mantienen la credibilidad necesaria y le brindan amplitud de posibilidades a la historia.

Caminos del crimen
Caminos del crimen


Con una poderosa cinematografía que pone la ciudad de cabeza y sigue los recorridos, persecuciones y seguimientos por parte de los involucrados, acompañado por un insistente score electrónico de Blanck Mass que se inserta tanto de manera inquisitiva como de sostenimiento en determinadas secuencias. Este sólido thriller criminal de eficaz edición, no deja de apuntar hacia la corrupción y encubrimiento en los cuerpos policiacos, el machismo que permea en las empresas, la influencia de la infancia y la soledad, buscada o forzada, presente en muchas personas, con todo y los mensajes yogui que parecen tranquilizar un poco el frenesí de los acontecimientos, entre autos de lujo y casas de una pulcritud sospechosa.


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Fernando Cuevas
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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