Cultura

Llamados divinos y mujeres que escuchan

Un par de películas para esta semana de pausa reflexiva que ponen en el centro a sendas mujeres distanciadas en épocas, contextos y naturaleza del conflicto que las mantiene en permanente búsqueda, ya sea como posible líder de un grupo religioso o como integrante joven de un grupo de monjas de encierro. El llamado se manifiesta de diversas formas y la escucha depende de estar atentas para entender el momento. De Manchester al estado de Nueva York, pasada la mitad del siglo XVIII, a Bilbao, España, en los años veinte del siglo XXI.

Sacudirse para conectar con Dios

Los Shakers surgieron de una escisión de los cuáqueros en 1747 en la zona de Manchester y fueron conocidos por su orientación hacia sacudirse y entrar en estados de trance frenético como forma de conectar con Dios. A diferencia de la contemplación, quietud y silencio que predominaban en los grupos religiosos, consideraban al movimiento, canto y danza como manifestaciones rituales necesarias, al tiempo que creían en los preceptos del cristianismo primitivo, pacifismo incluido, y esperaban una inevitable segunda venida de Jesús, que sería en forma de mujer. Buscar la igualdad entre todos para comunicarse con Dios en efusiva comunidad.

Una secta de contrastes entre ideas renovadoras y de avanzada como la igualdad entre hombres y mujeres y de todas las etnias, además de considerar el perdón como la fuente de todo renacimiento, con otras de carácter más discutible, como la obsesión contra el deseo sexual como muestra inequívoca de pecado. Fue a ese grupo que llegó Ann Lee, junto con su hermano y otras personas, del cual se fue convirtiendo paulatinamente en líder espiritual; tras casarse y perder a cuatro hijos, experimentar persecuciones y un encarcelamiento, ella y otros seguidores tomaron la decisión de viajar a América en 1774, ya convertida como la mística Madre Ann, donde asentó el movimiento, mismo que tuvo su auge en las primeras décadas del siglo XIX para después tener un fuerte declive a partir de finales de ese siglo. Hoy sólo se registra una pequeña comunidad en activo.

Navegando con ebullición entre el musical, el drama social, la interpretación histórica, la reconstrucción biográfica y el cine religioso, El testimonio de Ann Lee (The Testament of Ann Lee, RU-EU, 2025) es una notable recreación de la vida de esta figura religiosa atípica, dirigida con énfasis creativo por la noruega Mona Fastvold (The Sleepwalker, 2014), también responsable del guion junto con su esposo, Brady Corbet, tras trabajar juntos en El Brutalista (2024), y quien ya había explorado el cine de época en The World to Come (2020). El relato transcurre desde la infancia de Ann Lee hasta su muerte a los 48 años, pasando por su integración al grupo, su ascenso (literal y figurado), los conflictos matrimoniales —sexuales y maternales— y legales, el viaje y asentamiento en Albany, Nueva York y las dificultades para lograr la estabilidad, entre turbulencias políticas, económicas y sociales.

La intensa, extática y arrebatadora actuación de Amanda Seyfried se acompaña por un reparto consistente, integrado por, entre otros, Lewis Pullman como el hermano siempre cercano; Christopher Abbott en el papel del esposo al que se le acaba la paciencia; Thomasin McKenzie como la hermana Mary y fungiendo como narradora; Tim Blake Nelson en el rol de un pastor que se suma a la congregación junto con los suyos y Viola Prettejohn como la sobrina y seguidora de la protagonista. Los personajes van transitando entre una logrado diseño de producción y construcción de la época, sobre todo en Manchester —Nueva York se ve más de set— con el debido cuidado en vestuarios y objetos, específicamente el diseño minimalista de los muebles que fabricaban así como en la presentación de las actividades que la comunidad realizaba.

La emotiva y poderosa música de Daniel Blumberg resulta esencial no sólo para acompañar las coreografías y cantos de las celebraciones que buscan conectar con el creador, sino en los momentos de penuria, angustia y soledad de los personajes, resistiendo agresiones sin responder, mientras que la cámara se entromete en los espacios cerrados a media vela y se abre en el bosque, propone picados y contrapicados y se queda pasmada para atestiguar los sucesos en los que se pone a prueba la fe para continuar con la misión asumida y trascender el testimonio de vida.

Discernir para acercarse a Dios

Las vocaciones en la Iglesia Católica están descendiendo de manera notable. En México, por ejemplo, se calcula que la población de monjas se ha reducido en un 50% en las últimas tres décadas; en España se presenta una disminución del 20% de las monjas de clausura durante la segunda década del siglo XXI, mientras que en Estados Unidos se habla de un descenso del 70% aproximadamente en los últimos 50 años. En las familias que practicaban esta religión hace medio siglo —considerando que eran numerosas—, no era extraño encontrar a una hija o hijo que optara por la vida religiosa: hoy es una rareza, no sólo por la disminución en el número, sino por otros factores de carácter cultural, político y moral.

Justo en Los domingos (España, 2025) se presenta esta situación cada vez más anómala: una joven del coro, estudiante de un colegio católico en el País Vasco de 17 años, huérfana de madre, anuncia su intención de quiere ser monja de clausura (Blanca Soroa, comprometida), ante las dudas de su padre (Miguel Garcés, dubitativo), la franca oposición afectuosa de su tía atea (Patricia López Arnaiz, llena de matices), la solidaridad del tío (Juan Minujín), esposo de aquella y la sorpresa para su amiga y compañeros del colegio, mientras su abuela se mantiene cercana (Mabel Rivera, paciente) y las pequeñas hermanas todavía no dimensionan la situación: acaso nadie, sobre todo las repercusiones para cada quien.

A partir de un brillante diseño de personajes y un cuidado de la verosimilitud tanto en las reacciones como en los diálogos, la directora Alauda Ruiz de Azúa, quien ya había mirado el drama familiar en su debut, Cinco lobitos (2022), se apoya en una edición fluida que se da tiempo para acompañar el proceso de discernimiento de la joven, en el que se atraviesa algún compañero, así como la búsqueda que genera alrededor, incluyendo su padre con nueva pareja y en líos de créditos por poner un restaurante y a su tía, muy cerca de ella pero distanciada de su marido, acaso juntos por el hijo, y pensando que el camino que debe seguir su sobrina es el que ella piensa.

De qué manera se construyen las certezas y cómo fácilmente se derrumban ante las circunstancias de la vida, las propias y las de quienes nos rodean; discurrir si la vocación es un llamado del afuera o una paulatina edificación del sentido de vida, pero justo cuando todo parecería ir caminando, surge un imponderable que pone a prueba la fe, la capacidad de reinventarse o la apertura para buscar nuevos sentidos, ya sea en Dios, en uno mismo o en quien se tiene junto. En logradas secuencias paralelas, la aceptación del llamado en contraste con la lógica de la ruptura que se apodera de la vida.


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Fernando Cuevas
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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